8 marzo, 2012

Conferencia Magistral “Historias de pasión: una velada con Isabel Allende”

En el marco del 2º Congreso Internacional “La experiencia intelectual de las mujeres en el Siglo XXI”, Salón Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes.

Presentadora:El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes les da la más cordial bienvenida a la conferencia Magistral “Historias de pasión: una velada con Isabel Allende”, en el marco del 2° Congreso Internacional La Experiencia Intelectual de las Mujeres en el Siglo XXI.

Queda en uso de la palabra la dramaturga Sabina Berman.

Sabina Berman:Buenas noches. Estimable Consuelo Sáizar, Presidenta del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, y organizadora del Congreso de la Experiencia Intelectual de las Mujeres en el Siglo XXI.

Mujeres del siglo XXI de los países donde hablamos con la letra eñe. Estimables todas, quiero suponer.

Isabel Allende, acá presente, en primera fila.

Alemania, Argentina, Bélgica, Brasil, Canadá, Colombia, no, estos no son los países que pertenecen a las Naciones Unidas, España, Francia, Guatemala son los países donde se han publicado las novelas de Isabel Allende. Honduras, Israel, Japón. Diecinueve novelas, cerca de 10 mil hojas repletas de palabras con apenas espacios en blanco, porque a Isabel Allende le gustan los párrafos tupidos, donde la prosa se continúa largamente.

Dinamarca, Corea del Norte, Cincuenta y siete millones de libros impresos con su nombre en la portada en 35 idiomas distintos.

Sólo en alemán, según me informa su editora alemana, Michel Straufel, sentada en una de estas butacas. Diez millones de libros con su nombre en la portada.

Cincuenta y siete millones de libros decía, uno supone, quiere suponer que leídos, y probablemente releídos por una o dos o más personas. Redondeemos cifras, ciento setenta y un millones de lectores, la república de los lectores de Isabel Allende es más poblada que cualquier otro país de habla hispana, descontando al Brasil.

¿Cómo demonios, cómo “Ángeles o Demonios” se puede escribir tanto y que tus historias lleguen tan lejos?

Yo he encontrado la clave. Humildemente lo digo, y como entre las acá presentas hay escritoras, artistas, críticas de arte, subasto la clave. Mentira, no la subasto, pero en verdad creo haber encontrado la clave, o una de las claves al menos.

En“La hija de la fortuna”, Isabel Allende narra a su protagonista, Eliza Sommers, caminando sonámbula a la bodega que guarda sus memorias, y yo me permito imaginar que, en clave metafórica, Isabel se narra a sí misma en el acto de narrar.

Isabel, alias Eliza, camina con la cabeza dormida y con el corazón encendido, a esa bodega abarrotada de recuerdos desordenados. Recuerdos reales o ilusorios, apuntan.

¿Qué tanta diferencia hay entre soñar y recordar?, se preguntaba Borges, y respondía: “Ninguna”.

Pues bien, aboliendo la raya entre lo real y lo ilusorio. Isabel en trance elige entre sus recuerdos, despierta completamente le sería difícil mención al vuelo, pero así, guiada por el corazón, le es fácil, y va eligiendo sus reales o ilusorios, trazando su historia, movida por el puro deseo, por la pasión purísima de contar.

Es tan fina su capacidad de sonámbula, ha sido tan finamente alargada, que aún encuentra el recuerdo antiquísimo de su madre adoptiva inclinada sobre su primera cuna, una caja de jabones, viéndola dormir. Es tan fuerte su deseo de contar, que sigue avanzando dormida por la bodega y cruza la frontera de su nacimiento, hasta memorias más antiguas, de generaciones pasadas.

Ahí está su abuelo, avistando desde un barco los blancos Andes chilenos. Ahí están sus tatarabuelos, por primera vez, frente a frente, ella deposita su mirada en los ojos de él. Es tan apasionado su deseo de contar, que cruza todavía otra línea entre lo propio y lo ajeno. Borra la odiosa línea de la propiedad entre lo mío y lo tuyo, como ahora mismo lo hago yo apropiándome del relato de Isabel para explicarme a Isabel.

Borra, decía, la odiosa línea de la propiedad, y camina por esa bodega larguísima, que más bien se revela que es un túnel, y cuenta, como de memoria, los recuerdos de otros, incluso recuerdos de aquellos que no conoce, pero de quienes lo conoce todo.

El 8 de enero de 1983, Isabel Allende empezó a teclear en la cocina de su casa de Caracas, Venezuela, una nueva novela con las obras completas de Pablo Neruda bajo la máquina de escribir, para que inspiraran a sus hojas, por ósmosis.

Sabía su tema: las víctimas del terror de la dictadura del general Pinochet en Chile. Tenía una gruesa carpeta repleta de recortes de periódico, que había almacenado durante 10 años. Contaba con un par de libros y con grabaciones de Amnistía Internacional. Los personajes los había calcado de personas que conoció de cerca, o de lejos, en su natal Chile.

Los eventos que tecleaba habían ocurrido de cierto, pero en algún momento la realidad no le bastó y cruzó la raya entre lo verídico y lo imaginado.

En especial en una secuencia crucial del relato su imaginación pareció desbocarse, Los protagonistas viajan en motocicleta una noche donde rige el toque de queda, guiados por la pura pasión cruzan el cerco de una mina cerrada por los militares; con picos y palas escavan y encuentran cadáveres, personas asesinadas. Toman fotos y regresan sobre su ruta para entregárselas al Cardenal de Santiago, que ordena entonces abrir la tumba colectiva.

Publicada ya de Amor y de Sombra, algún crítico se detuvo en esta historia y la llamó imposible e irresponsable. Al imaginar lo posible Isabel era irrespetuosa con el dolor de las personas reales que padecían en Chile.

Éste es el desenlace de la anécdota que narra la autora en su libro“Paula”.

Al regresar Isabel, por fin, a su ciudad de origen, Santiago de Chile, en 1988 una noche un sacerdote pidió hablar con ella en su casa y le contó que él era el hombre del relato imaginado por ella. En secreto de confesión este sacerdote se había enterado de la tumba clandestina, había viajado a ella en una motocicleta, durante el toque de queda nocturno, la había abierto a pala y pico y había llevado las fotos al Cardenal.

¿Cómo supo usted lo que yo hice tan secretamente? -Quería saber el sacerdote-. Esto es lo que Isabel Allende le respondió: Me lo soplaron los muertos.

Este es el poder adivinatorio de los contadores de historias, perdón, qué raro es acatar la misoginia de la gramática del español en el congreso de la experiencia intelectual de las mujeres del Siglo XXI; tan raro es que la voy a desacatar.

Decía:“Éste es el poder adivinatorio de las contadoras de historias, incluidos entre ellas los contadores de historias”.

¿Cuál es la diferencia entre un relato ocurrido en el largo túnel de la imaginación de una contadora y un relato ocurrido en lo real. Borges diría: “La diferencia es sólo cuestión de tiempo. Si puede narrarse es que puede ocurrir, si están las piezas para narrarse es que está por suceder o ya está sucediendo”.

Lo sabían los profetas, las profetas, perdón, de tiempos y geografías bíblicos en cuyos sueños –qué curioso, siempre en sueños- se les revelaba la historia del porvenir. Lo sabían las chamanas y los chamanes, cuando no eran sólo turísticos, y con los párpados semicerrados, semiabierto, veían la historia pasada de la tribu ligada con su historia futura, y la historia grande de la tribu ligada con la historia aún más grande de los dioses de la naturaleza.

Para el Siglo XXI somos pobres de historias, somos de historias pobres, hemos perdido el gran relato judeocristiano que daba sentido a la vida personal y comunitaria y ponía valor a cada acto, desde la plegaria mañanera al acto de cortarse las uñas de los pies los viernes por la noche.

Para el Siglo XXI los relatos épicos de las ideologías también se han esfumado y con ellos los paraísos sociales presentidos.

Estamos tal vez en tránsito de nuevos relatos que religuen el pasado y el futuro, lo humano y lo planetario y lo galáctico; mientras tanto tenemos, únicamente tenemos las historias de las escritoras, incluidos los escritores por supuesto, las historias de esos cuantos que en cada generación se arriesgan a adentrarse profundamente en el túnel de los recuerdos y los sueños de la era y cuentan las historias que borran las odiosas líneas entre lo tuyo y lo mío, y entre el sueño y lo real, como por supuesto los relatos de la pasionaria del idioma de la eñe, a quien estoy por cederle este micrófono, la chamana de los 171 millones de lectores, con ustedes Isabel Allende.

Isabel Allende: Muchas gracias. ¡Qué generosa, Sabina!

Me van a perdonar, pero yo no preparé una clase magistral, yo vine a contarles cuentos, que es lo único que yo sé hacer.

Y muchas gracias por incluirme en esta reunión de mujeres fuertes. Yo tengo un amigo, muy buen mozo que se parece a Antonio Banderas, que dice que las mujeres modernas son como los teléfonos celulares: multifuncionales, delgadas y siempre actualizándose.

Por desgracia mi amigo es un cura jesuita que está trabajando en Burundi, imagínate qué pérdida, qué desperdicio.

Según el Dalai Lama la única esperanza de paz y prosperidad para el futuro está en manos de mujeres de occidente. Por primera vez en la historia hay millones de mujeres como ustedes y como yo, educadas, con derecho a la salud y con recursos que estamos conectadas y estamos dispuestas, decididas a cambiar el mundo, No estamos solas.

Millones de hombres nos acompañan, casi todos jóvenes porque son nuestros hijos y nuestros nietos. Los caballeros de edad hay que esperar que se mueran, no tienen remedio.

Nuestra visión de un mundo mejor es compartida por activistas, artistas, científicos, ecologistas, grupos espirituales y tenemos mucho trabajo por delante, señoras, hay que limpiar la casa. Muy fácil, lo único que tenemos que hacer es terminar con el patriarca off.

Yo en lo personal estoy hasta aquí con el consumo, con la violencia, con el poder por el poder, y con el macho alfa. Me aburrí con eso, ya es hora de que las mujeres participemos en iguales condiciones en la gerencia del mundo, somos grandes administradoras y nos han déjalo de lado por siglos. Mira cómo estamos.

Yo quiero una civilización más equilibrada, sostenible, basada en el respeto por todos nosotros ye le respeto con las especies y respeto por el planeta también.

Una vez, hace como mil años, mi hija Paula me sugirió que no hablara más de feminismo porque estaba pasado de moda y no era sexy, tuvimos una pelea monumental. Paula pertenecía a las jóvenes privilegiadas que han recibido los beneficios de la lucha de sus madres y de sus abuelas, y los hombres han sido muy, muy hábiles en pintar a las feministas como unas brujas peludas. Con razón las jóvenes de hoy no quieren llamarse feministas, porque están en edad de reproducirse y se asustan con esa palabra, no vaya a ser que algún pretendiente potencial se espante.

Bueno, yo confieso que he sido feminista toda mi vida y jamás me ha faltado un hombre, nunca. Empecé a ser feminista antes que la palabra llegara a Chile, ya que estoy vieja.

El otro día me fijé que mi hijo Nicolás se está quedando calvo, muy alto, muy flaco, se parece a esos santos del Greco y tiene un carácter completamente zen. Yo no sé a quién salió este niñito, no tiene un gen mío, yo creo que me lo cambiaron en la clínica, y en alguna parte hay una señora que tiene un enanito cascarrabias y cree que es hijo de ella, sí.

Bueno, a pesar de la edad creo que me veo bastante bien. Bueno, me cuesta una fortuna. Cuesta mucho dinero y disciplina.

De chica yo vivía tan furiosa que me llevaban a diferentes médicos para ver qué me pasaba, si tenía la lombriz solitaria o cólico o qué tenía, porque con ese carácter nunca iba a agarrar un marido, y me iba a quedar solterona, que era la peor suerte que podía corresponderle a una mujer.

Sin embargo, como a eso de los 15 años atrapé a un muchacho que iba por ahí distraído y que distinguió en el dibujo de la alfombra. Me aferré a él como un cangrejo, me casé con él y estuvimos casados por 29 años.

Ese año, el primer año que me casé empecé a leer a las feministas europeas y americanas en inglés o en las pocas que había traducción, casi no había traducción. Y descubrí que existía que yo no era la única furiosa, que había millones de mujeres furiosas y que ya existía un lenguaje articulado, coherente para expresar lo que queríamos. Y que yo no sacaba nada con patalear de ira contra el machismo.

Lo que había que hacer era transformar esa energía en acción. Empecé a trabajar como periodista en una revista que era femenina y feminista. Y eso creo que me ha marcado. He sido siempre feminista y he sido también siempre femenina, una cosa no se contrapone a la otra.

Yo pensé que en unos diez o quince años la liberación femenina se habría extendido por todo el mundo y ya habríamos cambiado al mundo. Imagínate tú, no ha pasado. Como decía que el feminismo no es incompatible con ser sexy ni con la feminidad.

Yo soy un ser heterosexual, por desgracia, porque me habría ido mucho mejor con una señora.

Yo creo que todo mundo necesita una esposa. Todo mundo necesita una esposa que resuelva los problemas domésticos, que le haga uno de comer, en fin, todas esas cosas.

Y creo que todavía puedo ser sexy, bueno, no en este mismo minuto, por supuesto, no se trata de eso. Pero con ropa interior de encaje a la luz de una vela todavía puedo seducir a mi marido siempre que él se haya tomado unos tres vasos de vino y esté sin lentes, claro.

Si la palabra feminismo les da susto, busquemos otra. Por ejemplo, llamémonos afroditas o lo que quieran, el nombre da lo mismo, pero lo importante es hacer el trabajo que tenemos que hacer, porque nuestras hermanas en el resto del mundo nos necesitan. Nosotros somos las mujeres educadas y con recursos que podemos ayudarlas. No pueden cerrarse a esa verdad.

Cuando se inventó la píldora anticonceptiva, que yo no me acuerdo en qué año fue, pero fue más o menos en la época en que yo era adolescente, yo supuse que el fin del patriarcado era inevitable, porque ahora podíamos tener control, al menos, sobre nuestros cuerpos. Pero medio siglo más tarde miren dónde estamos. Todavía se está discutiendo el derecho al aborto, el derecho a los anticonceptivos se están discutiendo en Estados Unidos, y quiénes los discuten unos caballeros en el Congreso que tienen un muy buen sueldo y seguro médico y los curas. Unos tipos, unos ancianos, célibes que no han mantenido una familia en su vida y que además usan polleras para trabajar. No deberían tener derecho a opinar.

¿Acaso las mujeres decidimos la vasectomía o el Viagra? No ¿verdad? Entonces, ellos no pueden opinar. Con cualquier pretexto los derechos de las mujeres son aplastados, guerra, fundamentalismo, dictadura, crisis económica, lo que sea. La primera en sufrir es siempre la mujer.

En los Estados Unidos, como les decía, en este mismo momento están en juego cosas esenciales, y me da indignación que todavía en el siglo XXI estemos en esto.

Yo tengo una fundación, que la maneja mi nuera Lory, que está allí. Lory es la mujer de Nicolás, yo la elegí, es un matrimonio arreglado. No, sí es verdad, es un matrimonio arreglado porque cuando mi hijo. Mi hijo estaba casado con otra señora, se separaron, en fin, y se quedó con tres bebés en pañales, y no estaba saliendo con nadie. Y entonces yo pensé “bueno, me corresponde”.

Entonces empecé a buscar, pero no es fácil encontrar en nuestra sociedad mujeres disponibles así, eran todas de mi edad. Y claro, a mí me parece que es muy conveniente que la mujer sea mayor que los hombres, pero no tanto.

Y entonces, si había por ejemplo una fila, yo estaba firmando libros, yo veía la que le podría gustar a Nicolás, y le pedía el número de teléfono. Ese sistema no funcionó muy bien, porque era muy lento, pero finalmente encontré a Lory, y Lory ha resultado no solamente la mujer ideal para Nicolás y la madre de los niños y todo eso, sino que además maneja mi fundación, y esta fundación está dedicada a ayudar a mujeres y a niñas, en diversos lugares del mundo, siempre entre los más pobres de los pobres, en las áreas de salud, educación y protección. Si quieren averiguar un poco de la fundación, y no estoy pidiendo que me den fondos, pongan mi nombre en Google, y lo primero que sale es la fundación.

Gracias a esta fundación, he conocido mujeres extraordinarias, que son los personajes de mis novelas, no las invento, ahí están. Y esa visión que yo tuve a los 15 años, de que podía haber un mundo mejor, un mundo más justo, me lo confirman día a día estos personajes femeninos extraordinarios que a través de mi fundación puedo conocer, porque no se trata de cambiar a las mujeres porque calcen al mundo, sino cambiar el mundo para que les calce a las mujeres.

Yo creo que la pregunta más importante de nuestro tiempo, la pregunta que toda mujer y hombre con conciencia se plantea es ¿qué clase de mundo queremos? Con la fundación he aprendido que con un poco de ayuda y de solidaridad, se puede hacer muchísimo. Si una mujer que vive en la miseria, recibe educación y algunos recursos, para ganarse la vida y para tener un poquito de independencia, invierte todo en sus hijos. Si se levanta y mejora el estatus de esa familia, mejora la comunidad, la aldea y, eventualmente, el país.

Los países más atrasados del planeta son aquellos donde la mujer está más sometida. Esta verdad que es evidente que la ayuda que uno le da a las mujeres es la que realmente tiene efecto, es ignorada por los gobiernos, ignorada por la filantropía. Por cada dólar que se le da a los programas de mujeres, se les da veinte dólares a los programas de hombres. Nueve de cada diez programas de desarrollo son para varones, para niños varones. ¿Saben cuánto va a dar a las niñas? Dos centavos por dólar.

Las mujeres somos el cincuenta y un por ciento de la humanidad, hacemos dos tercios del trabajo del mundo, y tenemos menos, poseemos menos del uno por ciento de los recursos. Bueno, ¿cómo no me va a dar rabia? Todo esto me hace hervir la sangre, igual como me hervía los 15 años, las cosas no han cambiado tanto.

Bueno, pero yo les iba contar historias, empecemos por ahí. ¿Por qué estoy tan seca? Este país es muy seco. La legendaria ciudad de Bagdad, un día trajeron a un ladrón delante del califa y el califa lo sentenció a la pena habitual, que era cortarle la mano derecha, la amputación de la mano derecha, y el ladrón se tiró al suelo y le dijo “perdone, perdone –le dijo- pero yo estaba con hambre”, y en fin, dio una serie de explicaciones.

Ya el califa, que le gustaban mucho las adivinanzas, le dijo: “Si me contestas acertadamente una adivinanza, te puedes ir. Y la adivinanza es: ¿qué quieren las mujeres? ¿Qué diablos quieren?”. El ladrón lo pensó un poquito y le dijo: “Las mujeres quieren que las escuchen, escucha y cada una te va a decir lo que quiere”. Era una respuesta tan astuta que el califa, aunque no estaba satisfecho, lo dejó ir.

Yo he trabajado toda mi vida por mujeres y para mujeres, en revistas femeninas y en distintas cosas, las conozco muy bien, pero al prepararme para esta noche, porque yo siempre me preparo, consulté la internet, que luego uno siempre hace, y expuse la adivinanza del califa, ¿qué quieren las mujeres? Y salieron toda clase de manuales de autoayuda, es cierto, con títulos como este:“Averigua lo que quieren las mujeres y acuéstate con ellas”. También aparecieron consejos de hombres para otros hombres, sobre cómo conseguir mujeres. He aquí un ejemplo, y esto es textual: “Las mujeres quieren tipos duros, muéstrate agresivo y seguro, no les des poder, mándalas, exígeles, tus necesidades tienen prioridad. Eso es lo que a ellas les gusta”.

Bueno, yo pensé que tal vez no era muy acertada esa respuesta y me puse a pensar qué es lo que yo quisiera, yo como mujer. Yo creo que antes que nada, como cosa número uno, las mujeres queremos seguridad, queremos seguridad para nuestros hijos, seguridad para nosotros. Nuestra misión es dar y preservar la vida.

Ante una amenaza la reacción masculina es huir o luchar, adrenalina y testosterona, bajo una amenaza la reacción femenina es formar un círculo y poner a las crías en medio. Oxitocina y estrógeno. Esta horma que nos impulsa a unirnos es tan sorprendente que algunos psiquiatras la están usando en terapia, en terapia de pareja, el hombre o la mujer o lo que sean en la pareja inhalan oxitocina con un spray y se supone que con eso hay la esperanza que puedan llegar a algún acuerdo en vez de asesinarse.

Willy, mi buen marido y yo, mi marido gringo, yo tengo un marido gringo precioso, absolutamente precioso, lo intentamos lo de la oxitocina pero no nos dio muy buen resultado, yo creo que no inhalamos lo suficiente.

Hace exactamente una semana estuve en un acto con Eve Enser, la autora de los Monólogos de la Vagina, que yo supongo que todos ustedes han visto, a mí, lo vi hace muchos años, me cambió, me conmovió ese espectáculo hasta la médula. Antes nunca había pensado en mi vagina, la verdad, y no se me habría ocurrido mirármela en un espejo. Eve Enser escribió esos monólogos en 1996, cuando la palabra vagina era una grosería que uno no se atrevía decir ni siquiera delante del ginecólogo y hoy día es voz populi, por supuesto.

La obra se ha traducido a 50 idiomas, se ha representado en 140 países y ha juntado Ochenta y cinco millones de dólares que se han empleado en proteger a las mujeres de la violencia, educarlas y darles poder de liderazgo, especialmente en lugares como El Congo.

Eve Enser fundó una cosa que se llama “Vi they”, que es una iniciativa global para terminar con la violencia contra las mujeres, no solamente la violencia doméstica, sino la violencia de la guerra y toda clase de violencia que sufren las mujeres.

Y ha tenido un éxito, una repercusión extraordinaria y va a haber un día excepcional que va a ser el Día de San Valentín, el 14 de febrero del próximo año, en que la idea es que salgamos todos, hombres y mujeres a la calle a bailar en defensa de la seguridad de las mujeres, porque eso es fundamental, si no hay seguridad no hay nada más. O sea, no sacas nada con darle educación a una mujer si la van a violar, si le van a pegar.

Esa noche con Eve Enser, ella contó atrocidades, cosas que son inimaginables y que no quiero repetirlas, pero al final nos dejó muy esperanzadas, porque dijo que ella está segura de que podemos acabar con la violencia contra las mujeres y las niñas en una sola generación, eso significa que ustedes y que yo lo vamos a ver.

Yo diría también que las mujeres queremos, lo mismo que los hombres, ser valoradas. Les voy a contar cómo nació la idea de mi fundación.

Después que murió mi hija Paola, mi marido y una amiga, mi amiga Teibra, decidieron que yo necesitaba salir y airearme un poco porque según ellos yo estaba deprimida; no estaba deprimida, estaba triste; y me llevaron a la India, porque la India, es tal el impacto de la India que nadie puede quedar indiferente o neutral.

Íbamos por un camino en Rehistan, un camino rural, y el auto se calentó mucho, llevábamos un chofer, y entonces en el medio de la nada se veía un árbol por allá lejos y unas figuras humanas y el chofer paró el auto para que enfriara el motor, y mi amiga Teybra y yo caminamos hacia el árbol y había unas mujeres ahí, con varios niños y cuando nos acercamos, al principio un poco tímido e inmediatamente empezaron a tocarnos en ese idioma universal que es el tacto.

En muchas partes del mundo como ustedes saben no existe este metro que nosotros tenemos que tener de distancia con el prójimo para no invadir al prójimo, eso no existe, la gente te invade y está muy bien. Y entonces empezaron a ver unas pulseras que habíamos comprado en el mercado, nos sacamos las pulseras, les regalamos las pulseras y al poco rato el auto ya estaba listo y nos tocaron la bocina para que volviéramos al auto, y cuando íbamos caminando hacia el auto una de las mujeres me tocó en el hombre y me entregó un paquetito y yo pensé: “Me está dando algo a cambio de las pulseras”. Me sentí pésimo y le digo: “No, no, no es necesario”. Y ella insistió y me lo puso en las manos. Y yo abrí y eran estos harapos porque eran unos trapos y adentro había un bebé recién nacido.

Yo no sé, no recuerdo muy bien cómo fueron los minutos siguientes, pero recuerdo más o m menos que el chofer llegó corriendo, tomó al bebé, se lo devolvió a la madre que no lo quería recibir y me arrastraron al auto, y ya cuando me vine a dar cuenta íbamos por el camino, y cuando logré sacar la voz dije: “¿Por qué me quería dar a su bebé?”. Y el chofer dijo: “Era una niña, ¿quién quiere una niña?”.

Y ese fue el momento en que supe a qué iba yo a dedicar el resto de mi vida y a qué iba a dedicar los recursos que tengo, que son muchos, no sólo los recursos económicos, los recursos de poder hablarles a ustedes esta noche.

Ese recurso lo iba a emplear en tratar de salvar a otras niñas ya que a esa no la pude salvar. Y esa niña me ha apenado por dieciséis años, no sé si vivió, tal vez no, y si vivió ha tenido una vida miserable.

Entonces, mi fundación está dedicada a ayudar a niñas como ella.

En muchas partes del mundo es una desgracia tener una hija, mientras que los hijos son una bendición. A las comadronas les pagan menos si la creatura es una niña.

Yo tengo una amiga que vive cerca de la casa, una viejita de ochenta y seis años que se llama Olga Murray, y Olga cuando tenía sesenta años se fue para Nepal, acababa de enviudar y se fue al Nepal, y estaba escalando montañas, no sé lo que estaría haciendo y se quebró una pierna; el sherpa que andaba con ellas se la echó al hombro y llegó con ella a una aldea y en la aldea medio la curaron, y ahí le tocó a ella presenciar un festival que ocurre en enero.

En enero llegan de las ciudades buses con agentes a comprar niñas que los padres venden, niñas de siete u ocho años que los padres venden, que estas son las kumaris, las niñas que los agentes se llevan a las ciudades y las revenden como empleadas domésticas, esclavas domésticas porque no ganan sueldo ni nada, viven como los perros, en los patios de las casas, son invisibles, no tienen voz, no tienen derechos a nada, y ahí trabajan hasta que se quedan preñadas generalmente por el patrón o el hijo del patrón y entonces las tiran a la calle. Esas son las que tienen suerte, a otras las venden en los prostíbulos.

Olga Murray comprendió que por mucho que ella empleara todo el dinero que llevaba en salvar unas dos, tres, cuatro niñas con los cincuenta dólares que costaba cada una se las iba a devolver a las familias y las iban a volver a vender porque no tenían cómo mantenerlas.

Entonces, volvió a California, creó una pequeña fundación al principio con sus amistades. Y para resumir un cuento muy largo veinte años más tarde Olga ha salvado a veintiséis mil niñas. Ha cambiado la cultura del país, ha conseguido que el gobierno declare ilegal la práctica de las kumaris. Ha conseguido que los padres tengan vergüenza de vender a sus hijas, y que los agentes no puedan movilizarse libremente sino que las tengan que comprar bajo la mesa, y que las familias que tienen una kumari la escondan porque les da vergüenza.

Todo esto lo ha conseguido una viejecita diminuta con zapatillas de tenis. Imagínense lo que pueden conseguir ustedes. Lo que puedo conseguir yo. Es increíble.

Entonces, cuando uno dice: Hay que tanto hacer, y el mundo no tiene remedio. Sí tiene remedio, y hay que ir uno por uno, gota a gota y sí tiene remedio.

Si Olga Murray lo pudo hacer yo también. Olga ha creado orfelinatos, ha creado toda clase de cosas en Nepal, y cuando ella llega al aeropuerto, que va todo el tiempo, hay dos mil niños esperándola. Mamá, le dicen. Dos mil huérfanos, por lo menos dos mil que vienen a recibirla.

Yo diría también que las mujeres queremos paz. En cualquier conflicto armado moderno la mayoría de las víctimas son civiles, lo que llaman, ¿cómo le dicen los americanos? Casualidades, así como si fueran… Claro, así como una cosa así como que no tiene importancia.

El ochenta por cierto de los refugiados en el mundo, desplazados por conflictos bélicos con mujeres y niños, el ochenta por ciento. Así que a nosotros la guerra no nos conviene. La violación en escala masiva se ha convertido en un arma de guerra. Medio millón de mujeres han sido violadas en los últimos años en el Congo. Desde niñitas, de meses, de meses, hasta viejas de ochenta año. Mutiladas, desfiguradas, con fístulas que a menudo son inoperables.

La violación destruye los cuerpos de esas mujeres. Destruye las vidas, destruye su futuro y destruye el tejido mismo de la comunidad. Es tan profundo el daño que hace que ahora también violan a los hombres.

Por medio de la violación las milicias y los soldados quiebran la voluntad y el alma de la población civil. Las víctimas sufren horribles traumas físicos y psicológicos y quedan manchadas para siempre.

No pueden volver a besar a sus familias ni a sus aldeas porque las rechazan, porque las avergüenzan, y a veces hasta las apedrean a muerte. Este es otro caso en el cual la víctima es culpable por los crímenes del victimario.

Que Evita Randás, que es la ex Presidenta del Global Fant Foiment, que es la mayor organización sin fines de lucro que ayuda a las mujeres propone desmilitarizar el mundo, acabar con lo militar, que es un objetivo que sólo podemos alcanzar nosotras las mujeres, porque solamente nosotras podemos hacerlo, porque a nosotras no nos seduce el atractivo machista de las armas. Y nosotras somos las que sufrimos el efecto directo de los conflictos bélicos: Ocupación, invasión, milicias, guerrilla, militantes nacionalistas, hasta el narcotráfico. Siempre somos nosotras las primeras víctimas.

Se imaginan un mundo sin ejércitos, un mundo en que los recursos de la guerra se emplearan en el bienestar común, en que los conflictos se resolvieran en una mesa de negociación y que la labor de los soldados fuera mantener el orden y la paz, sería un mundo muy distinto.

Yo creo que otro punto muy importante es que las mujeres queremos estar conectadas. Desde el comienzo de los tiempos las mujeres se reúnen en torno al pozo, en la cocina, en torno a la cuna, en los campos, en las fábricas, en los hogares. Quieren ser escuchadas, quieren contar su historia y oír las historias de las otras mujeres. No hay nada más entretenido que el chisme.

Nuestra pesadilla: ser excluidas, porque solas somos vulnerables, pero juntas somos muy fuertes y florecemos.

Hace poco fuimos con Lory a Kenia, donde tenía, entre las cosas que teníamos que hacer era visitar uno de los proyectos que nosotros mantenemos, que se llama Centro Kiwizone, y esto queda en el lago Ruzinga. Ella y yo estábamos alojándonos en un hotel precioso, con unos negros estupendos, con pantaloncitos cortos y rifles, para defenderte yo no sé, de los leones sería.

Y nosotros teníamos que llegar hasta Centro Kiwizone por un camino que nos señalaron que era un sendero, que iba, no sé, en medio de los árboles. Y era muy fácil llegar, nos guiamos por las voces de las mujeres cantando.

Llegamos a una casa, que es la casa de Esther Odiambo, una mujer que debe tener ahora unos 60 y tantos años, pero que cuando formó el centro, ella llegó al pueblo donde había nacido, donde no había vivido por muchos años, cerca del Lago Ruzinga, y se dio cuenta que todos los días moría un promedio de seis personas de SIDA, casi todas gente joven, que dejaban atrás a niños chicos, muchas veces infectados también, y las abuelas y las bisabuelas tenían que hacerse cargo de ellos.

Estas mujeres creían que la enfermedad que estaba matando a todo el mundo era producto de brujería, no conectaban de dónde provenía todo esto.

Y Esther decidió que lo primero que había que hacer en este desastre, porque además había mal nutrición, tuberculosis, explotación de los niños a la industria pesquera, toda clase de problemas, era juntar a las mujeres, juntar a las abuelas, y creó, no había dónde, abrió su patio, el patio de su casa.

Y cuando las dos, con Lory, llegamos, estaban las mujeres haciendo diferentes trabajos, regando unas matitas, haciendo comida para todos estos niños, todas viejas. Había una señora, y esto es cierto, cierto, una señora que nosotros calculamos que era una anciana decrépita, y tal vez no era tan anciana, pero tenía, según nosotros, unos 80 años. Puro hueso y piel, y unos ropajes así, color índigo, maravillosos, que le estaba dando de mamar a un bebé. Y las dos, con Lory, nos quedamos mirando esto, así, sin saber qué significaba, y Eshter Odiambo se rió y dijo: “Sí, ella es una abuela o bisabuela, dijo, ya no sé, está criando nueve niños”. Y dijo: “Mira, cuando la necesidad es grande y el amor es grande, la leche fluye”. Es para no olvidar ese momento.

Después nos sentamos en un círculo, y ellas empezaron a contar sus vidas, y sus vidas son puro trabajo, puro esfuerzo, pérdidas, muerte y amor. Son viudas, madres solteras, esposas abandonadas, adolescentes preñadas, todas las historias son tristes, pero ellas no son mujeres tristes. En ese círculo, cualquier pretexto servía para reírse, para hacer bromas, para burlarse unas de otras y, por supuesto, para reírse de Lory y de mí.

Esther Odiambo resumió todo en una sola frase. Ella dijo: “Cuando las mujeres están juntas, están alegres”.

Y al despedirse, nos despidieron al atardecer cantando, esas señoras están siempre cantando. Imaginemos grupos de mujeres, círculos de mujeres, de todos los credos, nacionalidades, razas, clases, que se sientan en un círculo y comparten sus vidas, comparten sus historias, imagínese la energía femenina, el poder que eso crea, como los círculos de Kiwizone.

Eso, yo creo que millón de esos círculos conectados puede realmente tumbar al patriarca, no estaría nada mal, ¿verdad?, hay que darle una oportunidad a este inmenso recurso irrenovable que es la energía femenina.

Otro, es que las mujeres queremos amor. Yo creo que tenemos algo raro en el cerebro, un tumor, alguna cosa en el cerebro que nos impulsa al amor. Por amor aguantamos primero a nuestros mocosos y a los hombres y hay que ver el trabajo que nos dan, nos sacrificamos por amor y además nos sentimos nobles porque nos sacrificamos; incluso necesitamos romance –imagínate tú-.

Yo quisiera tener romance en mi vida, incluso a mi edad, pero no se me da. Llevo 30 años tratando de escribir novelitas románticas porque quiero ser tan famosa como la Corín Tellado, de Daniel Still, pero evidentemente no tengo talento para eso.

Cuando era joven y trabajaba en la Revista Paula, para redondear el sueldo hacía traducciones del inglés de novelitas rosas del inglés. Mira, le cambiaba un poquito los diálogos para que la protagonista no quedara como una retardada y a veces se me iba un poco la mano y cambiaba también un poco el final. Y entonces, qué sé yo, el héroe que generalmente tenía las sienes plateadas y mucho dinero, terminaba ayudando a la Madre Teresa en Calcuta, y ella que siempre tenía senos mórbidos y ojos verdes, terminaba traficando armas en el Medio Oriente.

Bueno, como a los seis meses el editor se dio cuenta y me echaron. O sea que a mí el romance no se me da muy bien, pero el amor se me da y puedo decir que mi vida ha sido marcada por el amor y que mis libros, el tema de mis libros siempre es el amor y cuando me dicen: ¿Por qué la gente lee tus libros? Porque yo creo que todos buscamos esos en la vida, todos buscamos, todos queremos una visión del mundo en el cual triunfen los sentimientos positivos y triunfe el amor. Y yo creo en eso, hasta el día de hoy creo en eso.

Bueno, y para terminar, antes de que me echen de aquí, las mujeres queremos belleza, en todas las culturas, entre los más pobres de los pobres las mujeres nos adornamos con lo que sea, con una pluma de gallo, con unas conchitas, con un tatuaje, con pintura, con lo que sea nos adornamos. Adornamos nuestras casas; a veces tratamos de adornar a los hombres con resultados desastrosos, por lo general.

Queremos belleza, queremos belleza en el mundo, queremos belleza en la naturaleza, queremos belleza para nuestras vidas, para nuestros hijos. Cuando hacemos la pregunta de qué clase de mundo queremos, lo primero que me viene a la mente es“yo quisiera un planeta hermoso, prístino, donde la gente y las especies convivieran en alegría, en belleza.

Como les decía, mis libros no son románticos pero son optimistas, porque yo creo que el amor y la belleza cumplen una función esencial, creo que existe el instinto de la belleza; tal como tenemos el instinto de sobrevivencia, de preservar la vida, tenemos el instinto de reproducción, tenemos el instinto de buscar la belleza y tenemos también el instinto de la evolución espiritual. Creo que es un instinto poderoso, no estamos en la edad de piedra, con todo, con todo lo que le ha pasado a la humanidad avanzamos lento, evolucionamos lento, pero evolucionamos, y cada vez más rápido gracias a la tecnología y a la globalización del mundo. En esa evolución espiritual va incluida la belleza. Mis personajes siempre tienen que vencer terribles obstáculos para realizar sus destinos y para ponerle a esos destinos algo de belleza.

Si el califa de la historia me preguntara a mí, me planteara su adivinanza qué quieren las mujeres, mi respuesta tendría que ser, si tuviera que ser en una frase muy diferente a la respuesta del ladrón. Yo le diría al califa que nosotros realmente queremos belleza en nuestras vidas y belleza en el mundo.

Muchas gracias.


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