Camus centenario

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Francia celebra por todo lo alto el centenario del escritor Albert Camus, nacido el 7 de noviembre de 1913, en la entonces Argelia francesa. Ediciones y re-ediciones, nuevas biografías, correspondencia inédita, festivales de cine, exposiciones en París y Lourmarin (el pueblito del sur donde está enterrado), documentales, coloquios y conferencias para recordar al autor de La peste, La caída y El extranjero, novelas filosóficas existencialistas.

Al morir trágicamente en 1960, Camus tenía solamente 46 años; tres años antes había obtenido el Premio Nobel de Literatura por “el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de hoy”.

Camus vivió poco tiempo, pero supo aprovecharlo. Fue un “hombre de acción” e hizo de todo un poco: tras una infancia de pobreza, empieza como profesor de filosofía en el Liceo de Argelia; luego le dio por el futbol amateur, fue un buen portero que el Olympique de Marsella quiso fichar; ya después fue meteorólogo, actor, reportero y escritor prolífico. Fue además un yogui experimentado que sabía respirar por un solo orificio nasal y —toda la vida— un mujeriego empedernido: su primera esposa —tuvo dos— era morfinómana, y su última amante —tuvo muchas— fue una estudiante danesa 23 años menor que él. Le faltó pelear guerras —como su héroe André Malraux—, pero no fue su culpa: padecía tuberculosis, enfermedad que truncó también su carrera de enseignant.

No pudo enlistarse en 1939, pero peleó en la Resistencia escribiendo junto a su mejor enemigo, Jean-Paul Sartre, en el periódico Combat, el más importante del clandestinaje.

Fue comunista, anticomunista, pesimista y existencialista. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1957 y murió tres años después de manera absurda: el auto en el que viajaba se estrelló contra un árbol.

Hasta hace unos años existían dos biografías de Camus: la del americano francófilo Herbert Lottman, publicada en 1978, y la del periodista francés Olivier Todd, en 1996. Centenario obliga: tres nuevas biografías se han publicado los últimos meses en Francia; entre ellas, la más comentada es L´ordre libértaire: La vie philosophique d´Albert Camus (El orden libertario: La vida filosófica de Albert Camus) escrita por Michel Onfray, a quien se conoce por una biografía de Freud.

También leemos en la prensa de aquel país sobre un Diccionario Albert Camus y de la reedición de Albert Camus. Une vie, de Olivier Todd, la cual permanecerá a mi parecer como la biografía de referencia sobre el pensador franco-argelino (la traducción al español la publicó Tusquets en 1997). Todd, nacido en 1929, tuvo acceso a fuentes inéditas y contacto con el mundo que describe: conoció personalmente a Camus y su primera mujer es hija de Paul Nizan, otro de los mandarines de Saint-Germain-des Près, amigo cercano de Camus.

Todd empieza cronológicamente, con el nacimiento de Albert en el norte de África. El pueblo se llama Mondavi y se encuentra cerca de Annaba, en la costa mediterránea de Algeria. Segundo —y último— hijo de Lucien Camus, un obrero vitivinícola de origen alsaciano, y de Hélène Sintés, una mujer con raíces en Palma de Menorca. Argelia era entonces, y desde 1830, un département francés. Era también un crisol de pueblos. Desde los musulmanes “indígenas” hasta los franceses coloniales, pasando por malteses, sardos, valencianos, judíos, alemanes…

A los ocho meses, Albert queda huérfano: Lucien ha muerto en los campos de la Primera Guerra Mundial. Tendrá una infancia miserable. Su madre, sorda y analfabeta, vive de su pequeña pensión de viuda y de hacer trabajos de sirvienta. Un maestro lo impulsa al estudio; una beca lo lleva a la educación superior. Todo esto lo cuenta el propio Camus en El primer hombre, la novela autobiográfica que escribía al morir y que se publicó de manera póstuma en 1994.

Las primeras influencias literarias de Camus fueron Marcel Proust y los moralistas en la tradición de Pascal. Pero Malraux, Kafka y Dostoievski serán las lecturas definitivas. Del escritor francés toma el sentido del engagement —el compromiso— político; del checo, el absurdo existencial; y del ruso, la visión pesimista del ser humano. Una combinación que le iba bien a esa época tan deprimente.

Entre 1940 y 1942, Camus —instalado ya en el París de la ocupación alemana— escribe lo que será su “trilogía de la negación”: la noela El extranjero, el ensayo filosófico El mito de Sísifo y la obra de teatro Calígula. El Existencialismo había llegado y Albert Camus era su profeta, la “conciencia moral” de su país, o por lo menos de la rive gauche de París.

El título de “conciencia moral” le valió enemigos, sobre todo a la hora de las definiciones ideológicas. Desde 1937 había roto con la línea soviética del Partido Comunista francés —él era un “trotskista”, como se decía entonces.

Empezó, junto con André Gide y Boris Souvarine, con aquello de los derechos humanos y la libertad de expresión, de los campos en Siberia y de algunas otras pequeñas desviaciones de la urss. Estas posturas no eran bien vistas en el Saint-Germain controlado por Sartre y el equipo marxista de Les Temps Modernes (“cualquier anticomunista es un perro”, ladraba Sartre). Sobrevino el distanciamiento entre los dos principales filósofos existencialistas, pero más por la envidia del feo Sartre por el guapo Camus (que, además, se “ligaba” a todas) que por cuestiones intelectuales.

En cuanto a la guerra de independencia de Argelia, su primera patria, Camus no supo tomar partido. Pasó esos años desgarrado, imaginando una solución aceptable para los musulmanes “indígenas” y para los franceses colonialistas. Como siempre, quedó mal con los dos bandos, con Jean-Paul Sartre y con el general Charles de Gaulle.

Camus fue un pensador incómodo, A Contracorriente, como se titula el ensayo biográfico del veterano Jean Daniel, otro periodista cercano a Camus (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2008.) El título original en francés del libro —Avec Camus. Comment résister à l air du temps, literalmente “Con Camus. Cómo resistir las ideas de su tiempo”— es también revelador de su firme postura intelectual y política.

Hoy, el socialismo real de su época ha desparecido prácticamente y Argelia, su tierra amada, vivió ya en los años noventa una sangrienta guerra panislamista que adelantó lo que conocemos ahora como “la primavera árabe”. Camus lo predijo hace más de 50 años. Tenía razón, pero era demasiado temprano… Me pregunto lo que Camus hubiese pensado sobre las “revoluciones” norteafricanas de Libia, Túnez y Egipto.

El Camus de Olivier Todd es un hombre complejo y contradictorio: un ateo con la moral cristiana de San Agustín; un solitario que no podía vivir sin la compañía de mujeres; un tuberculoso que fumaba diario una cajetilla de cigarrillos Bastos; un pensador de izquierda que renegaba de la ideología comunista.

Con la publicación de El hombre rebelde (1951), Camus rompe con la intelligenzia del café Les Deux Mégots. André Breton y Sartre lo excomulgaron y con razón: en su ensayo, Camus se encarga de demoler el surrealismo, el existencialismo, el realismo socialista, la poética del conde de Lautréamont y las visiones de Rimbaud.

La crítica de El hombre rebelde en Les Temps Modernes, en mayo de 1952, escrita por un tal Francis Jeanson, es una inmejorable muestra de crítica negativa y ataque ad hominem: “un gran libro fallido”, concluye Jeanson, obvia “interpósita persona” de Sartre.

Fallida también según la crítica fue la última novela de Camus, La caída, de 1956. Desilusionado, harto del mundillo intelectual parisino y su cortejo de esnobs, Camus se retiró en 1958 al pintoresco pueblo de Lourmarin, en la Provenza, a dos pasos de su amigo René Char (“el poeta más revolucionario desde Apollinaire”, en opinión de Camus). Ahí escribía su primera novela autobiográfica, El primer hombre, cuando la muerte lo alcanzó en la carretera…

Post-mortem, sus malquerentes trataron de hacerlo un filósofo light, “para alumnos de preparatoria”. La historia ha puesto a cada cual en su lugar.

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