Cultura
18 septiembre, 2018

Grietas aún sangrantes #19s

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A los 4 años soñé con un sismo. Mi recuerdo de ese sueño es una especie de cueva en la cual estaba encerrado y por afuera —lo que bien podría ser un volcán— se estremecía haciendo que dentro de mi cueva cayeran piedras a mi alrededor. Inmediatamente supe que la cueva era mi cuarto y que el terremoto que soñé ocurrió en realidad mientras mi madre se pasaba altos para llegar hacia mí, viendo en su recorrido la oleada destructiva del 19 de septiembre de 1985.

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Al día siguiente volvió a temblar por la noche. Recuerdo que estaba cenando con la familia que me cuidaba mientras mi madre trabajaba en ese mismo edificio, en una estética en la planta baja. Yo, en la azotea de ese edificio de 4 niveles vi cómo se fue la luz justo en el momento en el que mi vaso de leche estaba a punto de derramarse. Al inclinarse el blanco líquido hasta el borde, decidimos correr escaleras abajo. Mi madre estaba gritando, llorando. Quise consolarla en mi estúpida inocencia de 4 años y le dije que detendría el movimiento aferrándome a los barandales de una ventana. Lo siguiente que recuerdo fue el ruido de un derrumbe a unas cuadras de donde estábamos.

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Desde entonces mi misión en cada sismo era confortar a mi madre. Viví varios con ella y otros tantos lejos. Cuando estábamos juntos trataba de calmarla desde el primer momento en que estábamos seguros de que estaba temblando. Estoy hablando de la época pre alerta sísmica. Cuando salíamos a la calle se aferraba a mi cinturón, bajándome los pantalones. Cuando estaba lejos me limitaba a ese desesperado ejercicio de llamar cuando las líneas están saturadas. Alguna vez me contó que se encontró con un joven afuera de su negocio y se abrazó de él. Siempre estaré agradecido con el muchacho que confortó a mi madre en su miedo irracional a los sismos.

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¿Irracional? Eso pensaba hasta hace un año. Mi madre murió antes de que se inaugurara la alerta sísmica y me duele escribirlo, pero agradezco que no haya padecido esa tortura que te avisa que el terror se aproxima.

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Hoy, a un año del sismo del año pasado, entiendo lo que es ese miedo. Quizá porque no tengo a quien consolar es que soy el más propenso a ese miedo irracional.

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Estaba trabajando en la casa, escuchado un podcast de futbol en el celular, había apagado la radio para poner ese programa. Un salto de la tierra, otro salto que se convirtió en un oleaje. Lo que la gente relata como el “jalón”. No es un camión pasando por mi calle. Está temblando. Me levanto para buscar a mi perra. Está en el balcón escuchando la alerta sísmica que nos avisa que desde hace unos segundos tiembla, por si alguien no lo había notado. No tomo nada, dejo el teléfono, el radio, la cartera, todo. Corro a la puerta para tomar la cadena de Ramona. Ella corre esquivando libros y adornos que caen del librero. Es como cazar un puerco salvaje, pienso. Por fin la agarro y le pongo el collar. No puedo caminar hacia la salida. Por encima del sonido de la alerta que ridículamente nos dice que sigue temblando, por encima y por en medio y por detrás de ese sonido suena ese ruido, ese crujido, ese crepitar del edificio. Nos vamos a morir, pienso, incapaz de caminar hacia la puerta. Por fin logro incorporarme y salgo corriendo con Ramona siguiéndome por las escaleras.

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Abajo los carros brincan como si una imaginaria horda de aficionados al futbol los agitaran para celebrar un triunfo. Veo a algunos vecinos, pero sólo pienso en esquivar cualquier cable o vidrio que pueda venírsenos encima. Nos detenemos a media calle. Mi vecina está gritando, otro vecino está casi disfrutando el bamboleo y aplaude al compás del sismo. Pienso en correr hacia casa de mi madre y a los dos pasos recuerdo que está muerta hace tiempo. Veo gente correr desesperada por llegar con los suyos. Yo, con mis amigos trabajando lejos de la colonia y mi familia en otro estado camino hacia el señor que me arregla mis aparatos eléctricos. Me ofrece una silla y buscamos sintonizar un radio. No hay señal de celular, no hay luz. Caos en la Narvarte. Se cayó un edificio, gritan unos. Hay una fuga de gas, se oye por otro lado. Apenas han pasado 4 minutos desde que sonó la alerta.

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Después vino el terror, dormir con la ropa puesta, observar las ruinas de los edificios cercanos. El miedo de cerrar los ojos. Las réplicas. La colonia abandonada. Ver las luces apagadas de los que durmieron fuera de esta zona de riesgo. Confundir el carro de los tamales con la alerta sísmica. Armar tu kit de supervivencia. Revivir el terror con los videos en redes sociales. Vivir ese miedo irracional. Esa constante alerta.

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Un año después siguen las huellas de la fuerza de la tierra en los edificios. Gente aún acampando a un lado de un lote que fue un edificio. Grietas aún sangrantes y aún sin resanar. Todas estas imágenes me recuerdan ese ruido sordo del sismo. Esos momentos en que estábamos vulnerables. Era conmovedor hasta las lágrimas ver la organización civil, era indignante hasta las lágrimas saber de los saqueos, es melancólico hasta las lágrimas recordar ese día, ese minuto con treinta segundos que nos recordó lo que significa la fecha 19 de septiembre.

Fotos y texto: Gil del Valle.


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