Educación AZ
15 marzo, 2019

La científica que combate la pobreza con pintura

 

La valenciana Pilar Mateo trabaja desde hace 22 años en la erradicación de enfermedades endémicas vinculadas a la pobreza mediante una pintura insecticida de control de plagas.

Para poner en acción su invento, se ha integrado en las comunidades más desfavorecidas del hemisferio sur, implicándose también en su desarrollo y en la mejora de su educación.

Uno espera que, cuando te recibe una de las científicas más prestigiosa del mundo, con más de 20 premios nacionales e internacionales, ocho patentes, 150 colaboradores a su cargo y 40 proyectos contra enfermedades en campo abierto, acepte la sumisión de un saludo cortés que marque las distancias. No: Pilar Mateo Herrero (Valencia, 1959) te da directamente un abrazo, te regala una sonrisa y te mira a los ojos buscando romper tus prejuicios. No es protocolo ni postureo; Pilar es la ciencia que abraza, literalmente. Hasta tres veces nos lo recordará durante la entrevista.

Ella es la excelencia en Químicas, esa parte de la ciencia abstracta que entierra los sueños de cualquier niño con ganas de convertirse en conquistador del mundo. Todos quieren ser astronautas pero nadie piensa en la electrolisis; Pilar lo ha conseguido. Ha fabricado su pócima milagrosa, un invento con una misión social capaz de ayudar e inspirar a millones de personas. Su gran patente es InesFly, una pintura que salva vidas al llevar incorporada una tecnología de microencapsulación que permite una liberación retardada del insecticida de hasta 18 meses. La pintura está consiguiendo no solo acabar con las cucarachas de nuestro sistema de alcantarillado, sino erradicar el mal de chagas, la malaria o la leishmaniasis allí donde los insectos no dan asco, sino que te matan. Pilar lo ha conseguido solo con química… y también con abrazos; porque ella no solo lleva la pintura y la brocha, la valenciana se implica, llora y vive con la gente de las comunidades vulnerables donde lleva sus patentes.
Conocimiento en acción

Hay un viaje muy personal y terrenal hasta llegar a esa pintura mágica. Pilar fue antes inventora que científica. Lo era cuando fabricaba vendas frías con sus potingues para envolver a su madre y bajarle unos kilitos, hasta que casi la mata. Y lo seguía siendo cuando sisaba disolventes de la fábrica de su padre para fabricar gasolina gratis, hasta que le reventó el coche: “Yo he sido siempre un trasto. Mis padres han sufrido mucho conmigo”, nos dice, medio orgullosa, medio resignada.

En realidad, con esa tolerancia consentida, sus padres estaban macerando un talento colosal para poner la ciencia en acción. Esa libertad experimental tan pragmática es la misma que 30 años después la llevaría a revolverse contra cientos de chinches y vinchucas que bajaban a merendar a su cuerpo en su primera noche durmiendo en el Chaco boliviano, una de las zonas más pobres de América del Sur y conquistada por el mal de chagas: “A partir de ese momento, el miedo se convirtió en rabia y la rabia, en acción. Es muy duro. Fui para unos días y me quedé un año”. O que la llevaría también 50 años más tarde a maquinar ideas que a otros les pueden parecer simples locuras: “Ahora quiere hacer pastillas de calcio para el tercer mundo con las cáscaras de huevo que tiramos a la basura. Está todo el día así”, nos cuenta con una mueca algo desesperada Jéssica López de Mateo, su hija y abogada de la empresa familiar.

Consulta la nota completa en: El País


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