1 septiembre, 2010

La Historia como lección*

Por Emilio Zebadúa.
Director de az.

Hablar sobre un archivo provoca inevitablemente reflexiones sobre la Historia, sus fuentes y la relación entre pasado y presente; pensar en la Historia como una lección para el acontecer actual. Por ello, las preguntas obvias son: ¿Es la Historia una guía para el presente? Y si lo es, ¿bajó qué circunstancias y de qué forma?

Para responder a estas preguntas, permítanme seguir una ruta que incluya algunos elementos relevantes de esta cuestión. Por lo que a mí toca, vale la pena destacar la importancia de los archivos Calles-Torreblanca para el análisis y el debate político del México contemporáneo.

Ya E. H. Carr, historiador inglés, explicaba ante la pregunta ¿qué es la Historia?, que “nuestra respuesta, consciente o inconsciente, refleja la propia posición en el tiempo, y forma parte de la respuesta a una pregunta más amplia: la perspectiva que tomamos en la sociedad en que vivimos”.

Desde el siglo xix, la Historia quedó determinada por el Positivismo que, desde principios de ese siglo y “en protesta legítima” en contra de la Historia moralizante expresó que la tarea del historiador era simplemente “mostrar las cosas como realmente eran”. Y es que los positivistas —que dominaron las ciencias sociales a partir de entonces— no dejan de influir significativamente en el pensamiento contemporáneo y, en su afán por otorgar a la Historia el rango de ciencia, contribuyeron al culto de los hechos y, de esto, al fetiche de los documentos, hay un sólo paso lógico.

¿Qué no, en la obra de Lewis Carroll, autor de Alicia en el País de las Maravillas (Through the Looking Glass), se da el siguiente diálogo entre el rey y la reina?: “¡Ah! El horror de ese momento, el rey confirmó:

¡Nunca, nunca lo olvidaré! Sí lo harás, le respondió la reina. Si no redactas un memorándum”.

Otra vez, E. H. Carr nos alerta: “Ningún documento nos puede decir más de lo que el autor de ese documento pensó” —lo que pensó que ocurrió, lo que debió ocurrir, lo que pasaría, lo que desearía que otros pensaran.

Los hechos no significan nada hasta que el historiador trabaja en los documentos y los descifra. Y es que, en efecto, los datos por sí mismos, considerados de manera individual o incluso de manera colectiva no producen ciencia o Historia.

En una carta de 1861, Charles Darwin escribió:

Hace unos 30 años se decía mucho que los geólogos debían observar y no teorizar; y yo recuerdo bien a alguien decir que a ese ritmo un hombre podría ir a un banco de grava y contar las piedras y describir los colores —y pensar con ello que estaba haciendo ciencia— ¡Qué extraño [concluye Darwin] que alguien no viera que toda observación debe de ser a favor o en contra de una perspectiva, si va a ser de alguna utilidad! Para ser una ciencia o, más aún, para ser de utilidad,  la Historia debe contener análisis, perspectiva, explicación y teoría. Quizás Diderot lo dijo mejor cuando se dirigió a Voltaire:

Otros historiadores describen hechos para informarnos de hechos. Usted los describe para provocar en nuestros corazones un odio intenso al engaño, la ignorancia, la hipocresía, la superstición, la tiranía; y el odio permanece mucho después de que el recuerdo de los hechos ha desaparecido.

Luis González, uno de los grandes historiadores de nuestro país, citando a su maestro, José Gaos, explicaba que “ni siquiera todo lo que es posible de conocer del pasado es objeto de la Historia”. En 1949, en El Colegio de México, Gaos expresó: “El historiador no puede menos que seleccionar”.

Lo que dice tiene dos dimensiones: una de ellas espiga sólo lo memorable. Los criterios de selección que acostumbran los historiadores son tres: el de lo influyente, decisivo, que hace época, en mayor o menor grado; el de lo más representativo de lo coetáneo; finalmente, el de lo persistente, permanente, de lo pasado que no se ha ido totalmente y sigue presente. Según esto, sólo lo digno de memoria, sea por influencia, representación o tipicidad, es historiable y objeto de narraciones verdaderas. A las demás conductas humanas se les expulsa del mundo histórico. Lo anterior es fácil en la teoría, pero no en la práctica. En cada época, nación e individuo se da un diferente criterio de importancia. El mundo histórico, además de indeterminado es movedizo y cambiante. En este contexto, regresemos al presente, en el cual la Revolución Mexicana todavía proporciona paradigmas y referentes centrales de nuestra visión sobre la Historia, además de ofrecer modelos de: a)  Estado, b)  ciudadano, c)  lucha por el poder e, implícitamente, de la lucha de clases, d)  cultura política y educación cívica, e)  el papel de las instituciones, f)  leyes, g)  líderes, h)  símbolos y emblemas del imaginario político en el que nos desenvolvemos.

En mi caso, haber consultado los archivos Calles-Torreblanca durante mi investigación doctoral que derivó en el libro Banqueros y revolucionarios: la soberanía financiera 1914-1929, me hizo confimar que son depositarios de la Historia y, por lo tanto, conforman una (nueva) fuente para revisar la Revolución Mexicana en el periodo de formación (años veinte y treinta) del paradigma nacional de nuestra política. Por ello resultan, a 20 años de su apertura, una fuente inagotable para conocer el presente.

Mediante la historia contemporánea y el uso de los archivos es necesario, —como tarea central de cultura cívica— revisar en el nuevo paradigma histórico para: a)  la relación entre Estado-sociedad, b)  educación pública, c)  educación cívica y cultura política, y, en general para d)  las instituciones, líderes, política y sociedad.

A la historia oficial (revisada de forma radical especialmente en los últimos 30 años) es necesario no enfrentarla a una “nueva objetividad” puesto que correría el riesgo de hacerla una nueva Historia sino convertirla en una herramienta útil e interesante para una sociedad dinámica, plural, globalizada, pero también marginada y alejada de lo político. La tarea de reemplazar a héroes de bronce, eslogans y estereotipos del oficialismo en la Historia no termina después de los cambios registrados en la transición democrática de los últimos años, requiere nuevos impulsos que la consoliden.

La riqueza de los archivos y, en particular, el mundo específico que revelan documentos individuales (correspondencia, memoranda, notas, piezas todas de un enorme rompecabezas inconcluso e inacabable) impide definir una Historia que reduzca personajes (Miguel Hidalgo, Benito Juárez, Francisco Madero, Francisco Villa y Emiliano Zapata o Plutarco Elías Calles y Álvaro Obregón, por ejemplo) pensando en la importancia de símbolos, estatuas, monumentos o caricaturas de políticos o líderes. La política en la Historia no puede simplificarse, en su interpretación veraz, al espacio del revés de una estampilla de un héroe o prócer de la patria. No se trata de hacerles justicia ni a los personajes ni a la Historia misma, sino de decir la verdad.

Por ello, las historias sociales, económicas o populares —producto del revisionismo del último tercio del siglo xx— complican la historia de los héroes, sofisticándola. Esto no significa que, como Maquiavelo magistralmente hizo, la historia no pueda volverse un acervo de ejemplos para que, en forma de lecciones cívicas, den luz a las acciones de la política actual.

Al reconocer la importancia de los archivos privados como invaluable fuente documental de la historia, debemos hacer nuevamente conciencia del significado y el uso de las historia en nuestro diálogo público y, en particular, en el debate de las ideas políticas.

Si bien la retórica ha estrechado las fronteras del discurso político. Eso no resta que busque preservarse el rigor académico en el análisis y el uso de la Historia. La primera lección de la Historia —independientemente de los diversos métodos de investigación, metodologías y teorías— es que ésta debe respetarse como ciencia del conocimiento y como referencia cultural de una colectividad.

Hay una tentación natural, casi inevitable, para el observador presente o para el actor actual, de ver hacia el pasado, ya sea para encontrar una guía para la decisión presente e inmediata de un curso de acción, o para usarla como referente para ilustrar, ejemplificar o educar a los seguidores, al rival o al público en general (justamente el creador de la ciencia política moderna, Maquiavelo desarrolló explícitamente este método en su asesoría al príncipe).

De ahí que Marx hiciera célebre su paráfrasis de Hegel al referirse a la “repetición” de la historia (al narrar y analizar los acontecimientos relacionados con el ascenso al poder de Luis Bonaparte, Napoleón III) cuando, si alguien tenía claro el proceso de cambio progresivo era el propio Marx. Sin embargo, él también era producto de una larguísima tradición intelectual que tiene en sus orígenes a Plutarco quien, en su Vidas paralelas , buscó “estimular el espíritu de emulación” para encontrar en las acciones de los héroes una ilustración del “bien moral” que inspira a otros hombres a seguir.  Aunque el propio Plutarco sabía de los límites de su ciencia, “al prevenir que se trataba de una empresa provisional, dependiente del dicho de otros y de la dudosa memoria; de los hechos menguados por el paso ineludible del tiempo”. Y así, al referirse a Plutarco, se corre el riesgo de ver alterada la memoria de los héroes por el mito y el romance.

Debemos ser muy cuidadosos y críticos con los paralelismos hacia la época posrevolucionaria o hacia el siglo xix, que es otra época preferida de comparación. No debemos olvidar que cada periodo es único y original. No escapemos al pasado para evitar el análisis del presente y no abusemos del pasado para intentar revestir de autoridad hechos o acciones ligeras, frívolas o, por lo menos, ordinarias del presente.

En la actual coyuntura nuestras instituciones están a prueba después de una transición de un régimen inacabada e imperfecta. Se ha creado un consenso en el que es necesario recrear nuestras instituciones y el funcionamiento de las relaciones entre los poderes públicos, pero también debería pensarse en nuestra cultura política. Es necesario reconstruir nuestro Estado y, por lo mismo, estos archivos y las historias que emanan de ellos.

* Versión del texto publicado en: Plutarco Elías Calles y Fernando Torreblanda. Un ejemplo de la importancia de lo archivos privados en la historiografía de México. Norma Mereles de Ogarrio. Coordinadora. Miguel Ángel Porrúa, 2009.


 

 

 


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