Lázaro de Tormes camina de nuevo

Captura de pantalla 2013-07-01 a las 17.17.13La Real Academia Española (RAE) publica desde hace dos años una colección de obras fundamentales de la literatura española: la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española. Cumple así con lo establecido por el artículo primero de sus estatutos, según el cual la RAE “divulgará los escritos literarios, especialmente clásicos, […] y procurará mantener vivo el recuerdo de quienes, en España o en América, han cultivado con gloria nuestra lengua”; el artículo quinto especifica que la docta casa procurará “que las ediciones sean correctas, asequibles y estén dignamente presentadas”. Hasta el momento han aparecido 12 volúmenes (de un total de 111 proyectados), entre los que se encuentran Cantar de Mio Cid, Gramática sobre la lengua española de Nebrija, La Celestina de Fernando de Rojas, Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Díaz de Castillo, La vida del Buscón de Quevedo, Don Juan Tenorio de Zorrilla y Lazarillo de Tormes, cuya edición está a cargo de Francisco Rico.

En 1554 se publicó simultáneamente en cuatro ciudades europeas (Burgos, Alcalá de Henares, Medina del Campo, Amberes) el Lazarillo de Tormes (LDT) de autor anónimo. Este breve libro es una de las novelas más leídas y estudiadas de la lengua española. No creo equivocarme cuando afirmo que, como lectores, es imposible no sentir simpatía por su protagonista, no odiar a sus desalmados amos, no reír con sus picardías y no alegrarse por su eventual abandono de la pobreza; por otra parte, la novelita —precursora del género picaresco— es una rica mina para el análisis literario por sus temas, personajes y situaciones.

En una obra como la que nos ocupa, resulta natural prestar más atención al trabajo de edición (notas, aparato crítico, estudios, anexos) que a la novela en sí, de sobra conocida; en este caso, de particular interés resultan las reflexiones del profesor Rico —en su carácter de notable lazarillista, con múltiples publicaciones en su haber, incluyendo la edición de LDT publicada por Cátedra—, quien se beneficia de la plétora de estudios publicados en los últimos 25 años para complementar sus propios estudios y dar un veredicto (que, por su autoridad, se antoja definitivo) sobre los aspectos clave del texto.

El volumen comienza con una muy breve presentación, a la que le sigue la novela propiamente dicha, acompañada de bastantes notas sobre el contexto de la obra y el sentido de los términos; en seis apéndices se encuentran las interpolaciones de la edición de Alcalá.

Captura de pantalla 2013-07-01 a las 17.17.42En la sección “Estudio y anexos”, Rico desmenuza —con el rigor crítico que lo caracteriza— lo relativo a las primeras ediciones de la obra (pronunciándose por el ejemplar medinés como “el testimonio materialmente más cercano al primer Lazarillo”), su fecha de redacción (entre 1551 y 1553), su autoría (“sin duda el [autor] más plausible […] es el jerónimo fray Juan de Ortega”), su realismo, sus fuentes y modelos, su carácter epistolar, sus pretendidos vínculos con el folklore (“el Lazarillo no muestra ninguna dependencia significativa ni del folklore ni de la literatura jocosa de raigambre medieval”), la interpretación del caso (a diferencia de otros lazarillistas —Antonio Alatorre, por ejemplo—, Rico considera que no hay duda posible: Lázaro es un marido cornudo, pero su actitud ante tal hecho es atípica); la sección concluye con lo concerniente a la fijación del texto crítico.

Después de los criterios de la edición (en los que acaso la característica más notable sea prescindir de la tradicional —pero postiza— división en tratados) se encuentra el aparato crítico con las variantes de las cuatro ediciones básicas y abundantes notas complementarias que aprovechan la multitud de estudios especializados sobre el LDT. Cierra el volumen una amplia y actualizada bibliografía.

Captura de pantalla 2013-07-01 a las 17.17.36Un solo aspecto encuentro criticable: la decisión —que ignoro si fue de Rico o de la RAE— de colocar en la portada, en el lugar en el que tradicionalmente va el nombre del autor, a «Lázaro de Tormes» (así, entre comillas francesas). Lázaro de Tormes es el autor de la carta que constituye el LDT, pero no de la obra en sí; colocarlo como tal es tan artificial e innecesario como la división en tratados y puede inducir a confusión.

Tratándose de un texto como el LDT, cuya transmisión ha sido por demás azarosa —recuérdese el hallazgo, relativamente reciente, del ejemplar de Medina del Campo en la pared de una casa de Barcarrota, en Badajoz, España, edición cuya existencia nadie sospechaba— no puede sino celebrarse la aparición de un nuevo volumen que aspire a fijar un texto definitivo y que proporcione un informado y actualizado estado de la crítica. La RAE cumple así con lo estipulado por el artículo quinto de sus estatutos, al ofrecer al público lector una edición correcta y dignamente presentada del LDT; es necesario decir que falla en lo asequible pues, hasta donde sé, el libro no se encuentra a la venta en las librerías mexicanas.

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