“Los estudiantes españoles son buenos en las cosas que van a ser irrelevantes”, Andreas Schleicher

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En 1995, cuando el físico alemán Andreas Schleicher se sentó junto a los representantes de 28 países desarrollados para plantearles la posibilidad de que la OCDE, la organización para la que trabajaba, realizase una prueba internacional para evaluar y comparar diferentes sistemas de educación, la mayoría recibieron la propuesta con indiferencia o desprecio. Muchos pensaron que no tenía sentido, porque el mejor sistema educativo era el suyo (Francia se topó con la dura realidad tras la primera oleada). Otros consideraban que no era asunto de la OCDE y algunos adujeron que era imposible. Aun así, Schleicher decidió seguir adelante.

Casi un cuarto de siglo después, PISA se ha convertido en el examen referencia a nivel global. Muchas veces, como suele ocurrir en España, se convierte en un arma arrojadiza —o propagandística— entre partidos políticos. Algo que dista de la intención de Schleicher al diseñar y perfeccionar la prueba año tras año, que es ofrecer una guía para que los países sepan qué pueden hacer para mejorar el rendimiento de sus habitantes y ayudarles a desarrollar las habilidades que necesitarán en su vida adulta. Algunas de las conclusiones de este trabajo acaban de ser recogidas en ‘Primera clase. Cómo construir una escuela de calidad para el siglo XXI’, editado en nuestro país por Santillana.

PREGUNTA. La publicación de una nueva oleada del informe PISA en España suele ir acompañada de terror, incertidumbre y lecturas interesadas. Pero ¿cuáles son a su juicio los puntos fuertes y débiles de nuestro país?

RESPUESTA. A menudo, en educación se prioriza lo urgente sobre lo importante. Cuando miro a España, lo que menos me preocupan son las pequeñas fluctuaciones en el rendimiento, lo que me preocupa es que los estudiantes son buenos en cosas que resultan cada vez menos relevantes en nuestra sociedad, por ejemplo, la reproducción de contenidos memorísticos, que es lo más fácil de automatizar. Son más débiles a la hora de resolver problemas o de enfrentarse a procesos complejos de pensamiento, que exigen extrapolar o aplicar tu conocimiento a una situación no conocida.

Siempre que vengo a España, lo primero que me critican es que preguntamos a los estudiantes cosas para las que no les han preparado. Pues claro que no, así es la vida en el siglo XXI. No se trata de que la educación no sea eficiente, sino de que sea irrelevante, propia de un sistema industrial que se centraba en la transmisión de conocimiento.

Hay un gran debate en España sobre las diferencias de rendimiento entre regiones, pero solo hay entre un 10 y un 15% de variación. La diferencia es mucho mayor dentro de cada colegio. Si te centras demasiado en el nivel político —esta región o este colegio lo hacen mejor que este otro—, te olvidas de que mucha gente se está escurriendo por las grietas del sistema.

P. En el libro lamenta que muchos padres consideren que la educación se ha echado a perder porque sus hijos no están aprendido lo mismo que ellos, y que ese pensamiento, muy popular en España, es uno de los grandes hándicaps para el progreso.

R. La educación es una empresa social muy conservadora. Como padres, nos ponemos nerviosos cuando nuestros hijos no aprenden cosas que eran muy importantes para nosotros, y juzgamos los colegios en función de nuestra experiencia. Se trata de una falta de confianza profesional. Cuando vas al médico, confías en que va a aplicar su mejor experiencia y conocimiento y que va a utilizar la última tecnología. Eso no ocurre con la educación, y es algo que deberíamos dejar atrás. Los profesores consiguen el respeto gracias a su autonomía, que no significa que puedan hacer lo que quieran, sino que hacen lo que saben que es mejor.

Consulta la nota completa en: El Confidencial

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