El extraño problema del rechazo

Por Wietse de Vries / Profesor- investigador y Director de Gestión Académica de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).-

En el verano de cada año se presenta la misma noticia: la UNAM rechaza a 9 de cada 10 aspirantes, al igual que varias otras universidades públicas. Es evidente que hay un problema, ya que urge aumentar la cobertura para poder competir con otros países. ¿Cómo podemos aumentar la atención a la demanda de estudiantes, si al mismo tiempo rechazamos parte de ellos?

El problema del rechazo en México tiene varios aspectos extraños. Para empezar, el problema ya cumple dos décadas de existencia, desde que se abolió el pase automático de la escuela preparatoria a la universidad pública y se introdujeron los exámenes de admisión. Veinte años, y nadie ha podido resolver el asunto. Más bien, cada vez parece más agudo: crece cada año el número de jóvenes que ni estudia, ni trabaja, los afamados NINIS. Somos un país donde solamente el 30 por ciento de jóvenes logra ingresar a la educación superior, y sólo la mitad logra terminar la carrera. Así, el 85 por ciento de los jóvenes o no calificó para entrar a una carrera universitaria (los rechazados ex ante) o no logró terminarla (los rechazados ex post). Es una tasa asombrosa de reprobación.

Otro aspecto extraño es que el rechazo no se presenta como problema en otros países, que suelen tener una cobertura y tasas de titulación más altas. Hay muchas manifestaciones de estudiantes en los Estados Unidos y Europa, pero éstas suelen estar motivadas por cuestiones financieras como las colegiaturas y las becas, o por la duración máxima de estudios. Pero son manifestaciones de estudiantes, no de rechazos.

Una comparación internacional revela varios posibles factores de explicación para el problema del rechazo en México. Un primer factor es la organización de la educación secundaria y media superior: en la mayoría de países, este nivel intermedio de educación suele ser diversificado. Selecciona a aquellos que realmente son aptos para la universidad, pero ofrece alternativas para los que no califican para ella. El nivel del conocimiento alcanzado al final de cada tipo de preparatoria suele estar controlado por exámenes nacionales, a la par de lineamientos públicos claros acerca del nivel que se debe alcanzar en cada escuela.

Un segundo factor es que la oferta de instituciones y programas educativos en países desarrollados puede ser diversa, pero que el Estado garantiza la calidad de todas las opciones, generalmente  a través de una acreditación nacional o incluso internacional. Suele haber también políticas que procuran que nadie se quede excluido por limitaciones económicas. Igualmente, se abran opciones de estudio para garantizar que nadie se quede fuera por falta de un lugar.

Desde esta perspectiva comparativa internacional, la educación superior mexicana ha pasado por décadas de crecimiento anárquico y políticas educativas nocivas. El problema empieza por la educación media superior. Como pocos jóvenes logran terminar este nivel, la respuesta simplista ha sido declararla como obligatoria. Pero la obligatoriedad no resuelve la complicación de origen: ¿para qué sirve la media superior? Tal como parece, para muy poco: no prepara para el mercado de trabajo, ni para garantizar el acceso a la educación superior. Una cosa curiosa del sistema mexicano es que un estudiante puede haber tenido un buen desempeño en la escuela preparatoria, y buenos resultados en el examen de admisión a la universidad, pero que resulta rechazado.

Este problema de rechazo se parece deber en gran medida a la completa desorganización de la educación superior mexicana. Es un sistema “flojamente acoplado”, para decirlo de manera políticamente correcta.

Un primer ejemplo es la gran proliferación de instituciones y carreras desde el inicio de los 1990s. El supuesto tras esta expansión parece ser que la cobertura se aumentará en la medida que se creen más instituciones, tanto públicas como privadas. Como resultado de este crecimiento anárquico, México podría postularse actualmente por el premio del mayor número de Instituciones de Educación Superior per cápita. A modo de ejemplo: los Países Bajos, con una población de 16 millones, cuenta con unas 50 IES, equivalente a una institución por cada 320 mil habitantes. Los Estados Unidos registran unas 4,200 instituciones para una población de 300 millones, es decir, una IES para cada 71 mil habitantes. México, en cambio, cuenta con más de 3 mil IES para una población de 120 millones, equivalente a una IES por 40 mil habitantes.

Estos datos indican que el rechazo de aspirantes no se debe a la falta de lugares. Más bien, apuntan hacia un serio desajuste entre las aspiraciones de los egresados de las escuelas preparatorias y la oferta de las IES. Este desajuste, a su vez, se origina a partir de una discrepancia substancial entre los intereses de los jóvenes y los vaticinios de tomadores de decisiones adultos.

Las decisiones de los últimos han llevado a la creación de una enorme cantidad de IES pequeñas sin ninguna garantía de calidad. La falta de calidad es reconocida incluso por las autoridades mismas. El 17 de julio de 2012, la Secretaría de Educación Pública (SEP) en Puebla retiró el reconocimiento de validez oficial de estudios (RVOE) a 12 IES privadas que no cumplieron con los parámetros mínimos de calidad y condicionó a 21 instituciones más para cumplir los requisitos antes de que arranque el año escolar. El fenómeno no sólo se presenta en el sector privado: en la misma semana, salió una noticia (http://www.eluniversal.com.mx/notas/859134.html) de que 140 universidades tecnológicas públicas creadas en el presente sexenio operan sin la infraestructura adecuada.

Dentro de este contexto de la diversificación de la oferta, los aspirantes a estudiantes parecen actuar con mucho más sensatez que los tomadores de decisiones. Los últimos parecen estar obstinados con la idea de que México necesita instituciones y carreras distintas a las universidades públicas tradicionales, además de mostrar cierta predilección a inaugurar algo nuevo. Los futuros estudiantes, en cambio, prefieren estudiar una carrera con buenas perspectivas, en una universidad reconocida, que además no cobra mucho.

Pero este desencuentro entre tomadores de decisiones y (futuros) estudiantes produce un sistema muy extraño. Existe una treintena de universidades públicas, donde la demanda excede a la oferta de plazas, lo cual lleva al rechazo de aspirantes. El rechazo se da mediante el examen de admisión. Existe también un grupo pequeño de universidades privadas de élite, donde la aspiración excede a la oferta, pero donde el costo delimita a la demanda efectiva. Y existe un tercer sector, de instituciones medianas y pequeñas, públicas y privadas, que básicamente atienden a los rechazados de los dos sectores anteriores, y a un costo mayor que las universidades públicas. Su demanda existe gracias al limitado número de lugares disponibles en otras instituciones. Los egresados de estas instituciones suelen tener poco éxito en el mercado laboral.

El rechazo se produce entonces en gran parte por la “necedad” de muchos jóvenes de optar por una carrera con una buena perspectiva laboral en una universidad reconocida, que además pueden pagar. El hecho que haya insuficientes opciones que cumplen con estos requisitos se debe a la “necedad” de funcionarios y políticos, que insisten que ésta no es la educación superior que México necesita.

Fuente: Educación a Debate
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