Entre lo cursi y lo profundo: Play, Pausa, Rec, Mute, de Anaité Ancira

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Tres palabras en inglés y una en español que pertenecen todas a un mando a distancia. ¿Es la vida vista desde el sillón? ¿Como cuando vemos videos familiares? ¿O es un cuarto de edición en donde se hace una versión más acabada de nuestros recuerdos? Continuar leyendo “Entre lo cursi y lo profundo: Play, Pausa, Rec, Mute, de Anaité Ancira”

Saliva, jugo gástrico y excremento: Gulp de Mary Roach

Captura de pantalla 2013-12-02 a las 15.46.13 Mary Roach (New Hampshire, 1959) es una escritora norteamericana; sus artículos de divulgación científica han aparecido en revistas (National Geographic, Discover Magazine, entre otras) y sitios de Internet (salon.com). En 2003 publicó Stiff. The Curious Lives of Human Cadavers (editado en castellano por la editorial española Global Rhythm con el título de Fiambres. La fascinante vida de los cadáveres); luego aparecieron Spook: Science Tackles the Afterlife (2005), Bonk: The Curious Coupling of Science and Sex (2008; versión castellana: Entre piernas: La extraordinaria cópula de ciencia y sexo, también de Global Rhythm), Packing for Mars: The Curious Science of Life in the Void (2010) y este año comenzó a circular Gulp: Adventures on the Alimentary Canal. Todos ellos analizan algún aspecto de la experiencia humana, tanto en la vida como en la muerte, tanto en la tierra como en el espacio exterior; tres características se destacan en los textos de Roach: son accesibles para el lector promedio, son rigurosamente científicos y son graciosos.

Gulp (‘engullir’, ‘tragar’, ‘pasar saliva’) examina las minucias del aparato digestivo humano (aunque mucha de la experimentación científica se ha practicado —y se practica— en animales), desde la nariz hasta el ano, desde la importancia de los olores en el gusto, hasta los trasplantes fecales. Comer es, sin duda, un placer, pero una vez que la comida atraviesa el umbral de la garganta nos olvidamos del asunto digestivo, salvo que tengamos indigestión; no sólo lo hacemos a un lado, sino que hay un conjunto de tabúes, reparos e incluso fobias relacionados con la saliva, los eructos, los borborigmos, las flatulencias, las heces… La ciencia, afortunadamente, se ha ocupado del aparato digestivo desde tiempos remotos, su funcionamiento, sus padecimientos y los correspondientes remedios.

Múltiples son los temas tratados por Roach en su aventura por el canal alimenticio: el funcionamiento del sentido del gusto; la diferencia entre el gusto de perros y gatos (el olor es más importante para los perros y el sabor para los gatos); las peculiaridades del gusto animal (los gatos no perciben lo dulce, las ratas y los ratones son adictos a ello); el alto valor nutricional de la comida para perro (comparado con diversos alimentos: salami, salchicha, camarón, jamón, bistec, hamburguesa de McDonald’s, entre otros); el bajo consumo de vísceras —que se encuentran entre los alimentos más nutritivos de la naturaleza— en los Estados Unidos y su valor en la cultura inuit; las doctrinas de Horace Fletcher (basadas en la masticación exhaustiva del alimento que, según Fletcher, maximizaba la absorción de vitaminas y demás nutrientes); la diferencia entre la saliva estimulada y no estimulada (la primera es producida por la masticación; la segunda es la que fluye constantemente); la sensibilidad de los dientes y de la quijada (los primeros pueden detectar un grano de arena de 10 micrones de diámetro); la mecánica de la regurgitación nasal (debida a una falla del velo del paladar —hogar de la úvula o campanilla— al cerrar la cavidad nasal; dice Roach: “La regurgitación nasal es más común en los niños, pues a menudo están riéndose mientras comen y porque su mecanismo de deglución no está completamente desarrollado”); el placer derivado de masticar alimentos crujientes (probablemente debido al carácter desestresante del proceso destructor de la masticación o porque lo crujiente implica frescura); la capacidad máxima del estómago (aproximadamente ocho litros u ocho y medio kilos); el uso de la cavidad rectal para introducir en las cárceles tabaco, drogas, medicinas, baterías, teléfonos celulares y navajas; las razones por las cuales los terroristas suicidas no ocultan explosivos en el tracto digestivo o en el recto (el cuerpo absorbería la mayor parte de la fuerza del impacto); curiosidades relativas a las flatulencias (su inflamabilidad, su frecuencia, sus causas); las dificultades de Devrom —un medicamento que neutraliza el olor de flatulencias y heces— para publicar sus comerciales; la efímera (e inútil) moda de los enemas alimenticios; la costumbre de conejos y roedores de ingerir su propio excremento (para obtener vitaminas B y K, producidas sólo por su colon); el singular fenómeno de la antiperistalsis (más conocido en castellano como cólico miserere, definido —de manera errónea, dicho sea de paso— por la Real Academia como la “oclusión intestinal aguda, por causas diferentes, que determina un estado gravísimo cuyo síntoma más característico es el vómito de los excrementos”); los trasplantes de bacterias del colon de un donador sano al colon de un receptor enfermo (para restaurar la microflora intestinal).

Captura de pantalla 2013-12-02 a las 15.46.30Múltiples son también las personas que la autora visita debido a que sus oficios están vinculados con el tema del libro: una catadora profesional de alimentos y bebidas, fabricantes de comida para mascotas, un promotor del consumo de vísceras, una experta en saliva, un investigador de la masticación, los responsables de la fabricación de Beano (un producto que disminuye el gas intestinal), el científico que diseñó unos pantalones de mylar —el material de los globos metálicos— para concentrar las flatulencias y determinar su composición química, el último doctor de Elvis Presley (que sostiene la teoría de que El Rey poseía un megacolon, condición que contribuyó en su muerte), un cirujano que practica trasplantes fecales, etcétera.

Tampoco falta en Gulp el inventario de experimentos descabellados: los voluntarios que probaron alimento para gatos, los que olfatearon excremento de perro, los bebés que probaron 34 tipos de comida para determinar sus preferencias (el alimento favorito: la médula), el grupo que olfateó líquido amniótico y leche materna (para determinar si la alimentación de la madre influye en el gusto del bebé), la grotesca relación entre el investigador William Beaumont y su sirviente Alexis St. Martin (este último tenía una perforación en el costado que permitía el acceso a su estómago, gracias a lo cual Beaumont llevó a cabo múltiples experimentos sobre la digestión y los jugos gástricos), la inserción parcial de una rana viva en el estómago de un perro (para probar la antigua creencia de que un organismo vivo es “inmune” a los jugos gástricos), el doctor sueco que llenó con agua los estómagos de 30 cadáveres (para determinar la capacidad máxima del estómago antes de estallar), los estudiantes que se abstuvieron de defecar durante varios días (para determinar cuánto tiempo es posible “aguantar las ganas”), las personas que fungieron como jueces en la graduación del olor —desde “sin aroma” hasta “muy ofensivo”— de las flatulencias. Todo sea en nombre de la ciencia y el conocimiento.

Como en otros de sus libros, Roach no teme sumergirse en su materia de estudio (hecho que la llevó a extremos espeluznantes en Stiff): en este texto la tenemos asistiendo a un curso para catadores de aceite de oliva, probando el saborizante de las croquetas para gato, comiendo piel cruda de narval, introduciendo el brazo en el rumen (la panza) de una vaca fistulada, sometiéndose a una colonoscopia.

Desde luego, Gulp no es un libro para estómagos débiles —valga la expresión—, pero el funcionamiento del cuerpo humano es tan interesante (como inagotable es la curiosidad de los científicos que lo han estudiado y loable es la participación de los voluntarios en sus experimentos) y Roach lo narra con tal amenidad, que el lector no puede sino devorar el libro, quedando al cabo con un buen sabor de boca.

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Camus centenario

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Francia celebra por todo lo alto el centenario del escritor Albert Camus, nacido el 7 de noviembre de 1913, en la entonces Argelia francesa. Ediciones y re-ediciones, nuevas biografías, correspondencia inédita, festivales de cine, exposiciones en París y Lourmarin (el pueblito del sur donde está enterrado), documentales, coloquios y conferencias para recordar al autor de La peste, La caída y El extranjero, novelas filosóficas existencialistas.

Al morir trágicamente en 1960, Camus tenía solamente 46 años; tres años antes había obtenido el Premio Nobel de Literatura por “el conjunto de una obra que pone de relieve los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de hoy”.

Camus vivió poco tiempo, pero supo aprovecharlo. Fue un “hombre de acción” e hizo de todo un poco: tras una infancia de pobreza, empieza como profesor de filosofía en el Liceo de Argelia; luego le dio por el futbol amateur, fue un buen portero que el Olympique de Marsella quiso fichar; ya después fue meteorólogo, actor, reportero y escritor prolífico. Fue además un yogui experimentado que sabía respirar por un solo orificio nasal y —toda la vida— un mujeriego empedernido: su primera esposa —tuvo dos— era morfinómana, y su última amante —tuvo muchas— fue una estudiante danesa 23 años menor que él. Le faltó pelear guerras —como su héroe André Malraux—, pero no fue su culpa: padecía tuberculosis, enfermedad que truncó también su carrera de enseignant.

No pudo enlistarse en 1939, pero peleó en la Resistencia escribiendo junto a su mejor enemigo, Jean-Paul Sartre, en el periódico Combat, el más importante del clandestinaje.

Fue comunista, anticomunista, pesimista y existencialista. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1957 y murió tres años después de manera absurda: el auto en el que viajaba se estrelló contra un árbol.

Hasta hace unos años existían dos biografías de Camus: la del americano francófilo Herbert Lottman, publicada en 1978, y la del periodista francés Olivier Todd, en 1996. Centenario obliga: tres nuevas biografías se han publicado los últimos meses en Francia; entre ellas, la más comentada es L´ordre libértaire: La vie philosophique d´Albert Camus (El orden libertario: La vida filosófica de Albert Camus) escrita por Michel Onfray, a quien se conoce por una biografía de Freud.

También leemos en la prensa de aquel país sobre un Diccionario Albert Camus y de la reedición de Albert Camus. Une vie, de Olivier Todd, la cual permanecerá a mi parecer como la biografía de referencia sobre el pensador franco-argelino (la traducción al español la publicó Tusquets en 1997). Todd, nacido en 1929, tuvo acceso a fuentes inéditas y contacto con el mundo que describe: conoció personalmente a Camus y su primera mujer es hija de Paul Nizan, otro de los mandarines de Saint-Germain-des Près, amigo cercano de Camus.

Todd empieza cronológicamente, con el nacimiento de Albert en el norte de África. El pueblo se llama Mondavi y se encuentra cerca de Annaba, en la costa mediterránea de Algeria. Segundo —y último— hijo de Lucien Camus, un obrero vitivinícola de origen alsaciano, y de Hélène Sintés, una mujer con raíces en Palma de Menorca. Argelia era entonces, y desde 1830, un département francés. Era también un crisol de pueblos. Desde los musulmanes “indígenas” hasta los franceses coloniales, pasando por malteses, sardos, valencianos, judíos, alemanes…

A los ocho meses, Albert queda huérfano: Lucien ha muerto en los campos de la Primera Guerra Mundial. Tendrá una infancia miserable. Su madre, sorda y analfabeta, vive de su pequeña pensión de viuda y de hacer trabajos de sirvienta. Un maestro lo impulsa al estudio; una beca lo lleva a la educación superior. Todo esto lo cuenta el propio Camus en El primer hombre, la novela autobiográfica que escribía al morir y que se publicó de manera póstuma en 1994.

Las primeras influencias literarias de Camus fueron Marcel Proust y los moralistas en la tradición de Pascal. Pero Malraux, Kafka y Dostoievski serán las lecturas definitivas. Del escritor francés toma el sentido del engagement —el compromiso— político; del checo, el absurdo existencial; y del ruso, la visión pesimista del ser humano. Una combinación que le iba bien a esa época tan deprimente.

Entre 1940 y 1942, Camus —instalado ya en el París de la ocupación alemana— escribe lo que será su “trilogía de la negación”: la noela El extranjero, el ensayo filosófico El mito de Sísifo y la obra de teatro Calígula. El Existencialismo había llegado y Albert Camus era su profeta, la “conciencia moral” de su país, o por lo menos de la rive gauche de París.

El título de “conciencia moral” le valió enemigos, sobre todo a la hora de las definiciones ideológicas. Desde 1937 había roto con la línea soviética del Partido Comunista francés —él era un “trotskista”, como se decía entonces.

Empezó, junto con André Gide y Boris Souvarine, con aquello de los derechos humanos y la libertad de expresión, de los campos en Siberia y de algunas otras pequeñas desviaciones de la urss. Estas posturas no eran bien vistas en el Saint-Germain controlado por Sartre y el equipo marxista de Les Temps Modernes (“cualquier anticomunista es un perro”, ladraba Sartre). Sobrevino el distanciamiento entre los dos principales filósofos existencialistas, pero más por la envidia del feo Sartre por el guapo Camus (que, además, se “ligaba” a todas) que por cuestiones intelectuales.

En cuanto a la guerra de independencia de Argelia, su primera patria, Camus no supo tomar partido. Pasó esos años desgarrado, imaginando una solución aceptable para los musulmanes “indígenas” y para los franceses colonialistas. Como siempre, quedó mal con los dos bandos, con Jean-Paul Sartre y con el general Charles de Gaulle.

Camus fue un pensador incómodo, A Contracorriente, como se titula el ensayo biográfico del veterano Jean Daniel, otro periodista cercano a Camus (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2008.) El título original en francés del libro —Avec Camus. Comment résister à l air du temps, literalmente “Con Camus. Cómo resistir las ideas de su tiempo”— es también revelador de su firme postura intelectual y política.

Hoy, el socialismo real de su época ha desparecido prácticamente y Argelia, su tierra amada, vivió ya en los años noventa una sangrienta guerra panislamista que adelantó lo que conocemos ahora como “la primavera árabe”. Camus lo predijo hace más de 50 años. Tenía razón, pero era demasiado temprano… Me pregunto lo que Camus hubiese pensado sobre las “revoluciones” norteafricanas de Libia, Túnez y Egipto.

El Camus de Olivier Todd es un hombre complejo y contradictorio: un ateo con la moral cristiana de San Agustín; un solitario que no podía vivir sin la compañía de mujeres; un tuberculoso que fumaba diario una cajetilla de cigarrillos Bastos; un pensador de izquierda que renegaba de la ideología comunista.

Con la publicación de El hombre rebelde (1951), Camus rompe con la intelligenzia del café Les Deux Mégots. André Breton y Sartre lo excomulgaron y con razón: en su ensayo, Camus se encarga de demoler el surrealismo, el existencialismo, el realismo socialista, la poética del conde de Lautréamont y las visiones de Rimbaud.

La crítica de El hombre rebelde en Les Temps Modernes, en mayo de 1952, escrita por un tal Francis Jeanson, es una inmejorable muestra de crítica negativa y ataque ad hominem: “un gran libro fallido”, concluye Jeanson, obvia “interpósita persona” de Sartre.

Fallida también según la crítica fue la última novela de Camus, La caída, de 1956. Desilusionado, harto del mundillo intelectual parisino y su cortejo de esnobs, Camus se retiró en 1958 al pintoresco pueblo de Lourmarin, en la Provenza, a dos pasos de su amigo René Char (“el poeta más revolucionario desde Apollinaire”, en opinión de Camus). Ahí escribía su primera novela autobiográfica, El primer hombre, cuando la muerte lo alcanzó en la carretera…

Post-mortem, sus malquerentes trataron de hacerlo un filósofo light, “para alumnos de preparatoria”. La historia ha puesto a cada cual en su lugar.

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Libro: Apocalipsis en Esmirna

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Esmirna en llamas es el libro más auto-biográfico de los muchos que ha escrito Homero Aridjis. Narra la vivencia de su padre, Nicias, capitán del ejército griego, sobreviviente de la matanza de Esmirna el 12 y 13 de septiembre de 1922, cuando la soldadesca turca expulsó a los griegos del milenario puerto en el mar Egeo.

Fue el capítulo final del conflicto bélico entre Grecia y Turquía entre 1919 y 1922, que culminó con una de esas masacres que, al igual que las de  Nanking, Guernica, Auschwitz, Camboya, Sabra y Chatila, Ruanda y Sarajevo, provocan “un sentimiento de vergüenza de pertenecer a la raza humana”, como escribió el cónsul americano en Esmirna, George Horton.

Aridjis hijo revive los hechos cruentos —pillajes, violaciones, matanzas, incendios— que borraron del mapa a la Esmirna griega, con un estilo que mezcla novela, crónica y poesía en diversos planos narrativos que entrelazan sueño y realidad, historia y mito.

Es un libro breve y de lectura estrujante: una reflexión sobre el genocidio y el exilio, sobre la memoria y contra el olvido, sobre la extrañeza que provoca estar en una ciudad que jamás se volverá a ver.

Aridjis hace de su padre un fantasma (“expatriado en mi patria, soy invisible para todos”) que vaga por Esmirna en esos aciagos días de septiembre “como un protagonista caminando fuera de una película”.

Su ojo como una cámara va captando las escenas del horror, muchas de ellas protagonizadas por los chettes, “ladillas adictas al robo y al crimen que servían al ejército turco como soldados irregulares”:

Por las calles estrechas los chettes aparecían fusil en mano, cuchillo en mano. Agazapados cazaban a mujeres y niños como a gallinas y conejos. Ebrios de muerte, lo mismo disparaban a gente desangrándose que a ventanas, derrumbaban peatones, ahuyentaban fisgones, degollaban al azar…

Luego Nicias sube al Monte Pagos y ve el incendio provocado por esos chettes para acabar con Esmirna, “cómo las humaredas formaban negros monstruos que se levantaban de las casas y de la gente como de una manera inflamable.”

En un acercamiento, observa cuando los turcos prenden fuego a la biblioteca de la ciudad y las llamas consumen tesoros de papel conservados desde los antiguos griegos: obras de Platón, Heródoto, Aristóteles, Esquilo, Homero, Sófocles, Eurípides, Safo, Los elementos, de Euclides, el Libro de las revelaciones, de san Juan el Teólogo, la Biblia de Ferrara traducida al ladino en 1553, un ejemplar recién publicado de Ulises, de James Joyce…

“Allí donde se queman los libros se acabará quemando a seres humanos”, escribió Heinrich Heine en Almansor. Y así fue en Esmirna, donde siglos de civilización y cultura se derrumbaron en una noche.Captura de pantalla 2013-07-26 a las 16.08.43

Nicias ve también, anclados en el golfo de Bournabat, a unos metros de la costa, varios barcos de guerra y cargueros de Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Alemania —el uss Lichtfield, el Tonkinois, el Cardiff, el Sonnengot, el Winona— cuyos comandantes, por cobarde “neutralidad”, se niegan a intervenir a favor de los civiles griegos, armenios, sefaradíes que se amontonan en los muelles.

Las potencias mundiales no querían molestar al líder turco, Mustafá Kemal, Attatürk, gran modernizador de su país, pero también infausto tirano que al grito nacionalista de “Turquía para los turcos” ordenó la destrucción de Esmirna, la infiel, el último bastión de la civilización griega en Asia menor.

Homero Aridjis, poeta al fin y al cabo, no puede dejar de ver la belleza de lo terrible. Su libro puede leerse como un largo poema en prosa que mezcla la mitología griega, los infiernos de la Divina comedia y las alucinaciones del Apocalipsis de san Juan.

Hace de su padre un Orfeo contemporáneo en busca de su Eurídice, la joven amada que abandonó al enlistarse en el ejército; un Odiseo que regresa a su patria jónica transformada por la guerra. Calíope le sirve de guía por el infierno de Esmirna. Y el gran Cavafis le sirve de consuelo:

Destruimos sus estatuas

y los echamos de sus templos,

pero no significa que los dioses estén muertos.

 

Así murió Esmirna, la ciudad más importante y civilizada de Asia menor, una ciudad cosmopolita, tolerante, culta y pluriétnica. De sus cenizas surgió la turca Izmir, un pueblo turco de provincias sin identidad ni memoria.

De tal manera rememora Homero Aridjis a su padre y a Esmirna la griega. Nicias logró abordar el buque Odiseo, que iba a Samos, alejándose entre cadáveres de la ciudad levantina.

Pero la tragedia de Nicias en Esmirna tiene un final dulce —como el higo— en otra geografía: después de reunirse con sus padres y hermanos en Bruselas, decide partir a un país llamado México. Viaja de Amberes a Veracruz y pronto conoce a Josefina Fuentes, la que será su mujer. Ella es de Contepec, Michoacán, y allá construirá Nicias su nueva vida mexicana.

En esos paisajes salidos de un cuadro de José María Velasco, el griego plantará higueras en el jardín de su casa, en recuerdo de los higos blancos de Esmirna. Y tendrá seis hijos, uno de los cuales se llamará Homero y será poeta.

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