1 agosto, 2015

Un concepto en busca de materialización

Captura de pantalla 2015-07-28 a las 18.56.36La noción en pugna de la cultura

Si hasta hace un siglo el concepto de cultura era relativamente estable, en las últimas décadas se ha vuelto más polémico y problemático. Existe una pugna por la apropiación del significado y la dotación de sentido de la palabra “cultura”. Destaca el conflicto entre la perspectiva socio-antropológica de la cultura como forma de vida y su visión estética como un conjunto restringido de actividades artísticas. Esta complicada convivencia es evidente en la evolución del consenso internacional en torno a la cultura: el concepto de cultura de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) que surge en los años cincuenta del siglo pasado puede interpretarse, al mismo tiempo, como un reconocimiento incipiente de la diversidad cultural y una democratización y popularización de las bellas artes.

Captura de pantalla 2015-07-28 a las 18.57.12

Pese a sus virtudes, la extensión del concepto de cultura a partir de la segunda mitad del siglo XX, lo hace una de las definiciones más complejas, inasibles y ambiguas, pues casi no hay manifestación humana que no pueda reclamar el nombre de cultura y exigir los beneficios de esa membresía. El término cultura engloba un conjunto de actividades, bienes y productos que van desde la ópera hasta el performance, desde la pintura mural hasta el tatuaje, desde la música sinfónica hasta la mezcla del DJ, desde el cine hasta la publicidad, desde la novela hasta el cómic, desde la danza clásica hasta el sonido callejero, desde la escultura hasta la fabricación de mezcal. Ciertamente, esta noción amplificada de cultura responde a los excesos de una concepción etnocéntrica y patricia de la cultura que la limitaba a unas cuantas artes; sin embargo, como muchos lo han advertido, una concepción tan laxa puede abolir diferencias y jerarquías entre productos y manifestaciones y nivelar todos los bienes y las experiencias culturales. No obstante, pese a la reservas que pueden generar ciertas expresiones que se reputan como arte y cultura no es posible establecer cotos o fronteras impermeables entre franjas culturales (masiva, popular, alta cultura) que se cruzan continuamente. Una política cultural no debería ser una definición estrecha, sino un canal de diálogo y apertura a diversas expresiones.

Captura de pantalla 2015-07-28 a las 18.56.48

Por supuesto, la ampliación de la noción de cultura no sólo implica un problema conceptual, sino que propicia que el diseño de políticas en este campo enfrente dilemas muy complejos desde la definición de los ámbitos de acción hasta la asignación de recursos. De entrada, ¿Por qué una política cultural? Podría decirse que las formas modernas de consenso democrático requieren mucho menos del voluntarismo del Estado cultural; que muchas de las funciones que se atribuían a la política cultural (creación de identidad y cohesión nacional) están cumplidas o superadas y que las industrias culturales y la creación artística deberían sobrevivir dentro de la disciplina de mercado. Sin embargo, una política cultural en la alta modernidad puede cumplir valiosas funciones como, por mencionar sólo algunos ejemplos, resguardar patrimonios tangibles e intangibles de identidad y memoria; propiciar la diversidad y establecer incentivos adecuados para actividades que no pueden medirse por criterios de mera rentabilidad; contribuir a patrocinar obras artísticas que, por su rigor y experimentación requieren de una larga maduración y promover un acceso más amplio de todos los ciudadanos a los recursos culturales.

Lee el artículo completo en la revista impresa.

 


Compartir

Articulos Relacionados