Libros
10 mayo, 2019

2666 y el triunfo de la poesía

 

 

Los verdaderos poetas tiernísimos

metiéndose siempre en los cataclismos más atroces,

más maravillosos

sin importarles

quemar su inspiración

sino donándola

sino regalándola

como quien tira piedras y flores.

Oye, poeta, le dicen,

enchufa el amanecer.

Roberto Bolaño,

“Como una vieja balada anarquista”

 

En Para Roberto Bolaño (Sexto piso, 2005), Jorge Herralde declara que el escritor chileno “se consideró siempre un poeta”, de esto podemos dar cuenta con su famoso trasunto Arturo Belano, protagonista de Los detectives salvajes y participante regular a lo largo de su narrativa. 2666 (Anagrama, 2004) resulta ser testimonio de esta vocación fallida. Testamento de un ya maduro poeta infrarrealista que escribe narrativa a raíz del nacimiento de su hijo Lautaro, en 1990.

“Sensini”, cuento incluido en Llamadas telefónicas (Anagrama, 1997), refleja los años menos venturosos del chileno convertido en un auténtico cazador de recompensas, dinero que la poesía no podía darle. A través de su narrador, Bolaño declara: “El mundo de la literatura es terrible, además de ridículo”.

 

En entrevista con Cristián Warnken, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Santiago, en 1999 Bolaño confiesa que, más que un cuento, “Sensini” es una instalación; un objeto que denuncia los vicios de un sistema ridículo (como dice su narrador), y triunfa en un concurso —en este caso el Premio de Narración Ciudad de San Sebastián—: “Si la apuesta literaria de Sensini no se cumplía al cien por ciento en la escritura de la obra, no ganando un premio, que era darle la vuelta total a lo que se estaba contando, pero ganar un premio real”.

 

En esa misma entrevista, Warnken interroga al chileno por la constante identificación de sus personajes con el fenómeno poético. Bolaño dice: “Yo empecé escribiendo poesía. […] Y siempre he admirado las vidas de los poetas. Esas vidas tan desmesuradas, tan arriesgadas […]. La poesía para mí es un gesto de adolescente frágil, inerme, que apuesta lo poco que tiene por algo que no se sabe muy bien qué es”.

Bolaño habla en ese momento de poetas como Lautréamont o Rimbaud “en donde la pureza es tal, que quien se atreva a tocar —pero a tocar de verdad—, se quema”. Sin embargo, no ve disociadas las artes narrativas de las poéticas: “Yo creo que la mejor poesía de este siglo está escrita en prosa”.

 

Hay que destacar el gusto que tenía el autor de Los detectives salvajes por Nicanor Parra, poeta asociado con el término “antipoesía”. Por lo tanto, es natural que exista una constante crítica contra lo “cursi” y las formas pseudoelevadas o sublimes del arte en la narrativa del chileno. Su aderezo es la ironía, el desenfado y un constante hartazgo a través de personajes que tenían como consigna (en palabras de Mario Santiago Papasquiaro) la siguiente: “Si he de vivir, que sea sin timón y en el delirio”, todo ello dentro de la prosa.

 

Aquí se unen, definitivamente, el camino del poeta con el del narrador en la persona de Roberto Bolaño. Su carrera como autor de novelas y libros de cuentos está emparentada con su vocación lírica. En los pocos ejemplos que nos deja de su poesía constatamos que es más bien prosaica y la mejor manera de que perdure, al menos dentro de su obra, es a través de la tensión que produce el anhelo y el empuje de ese perder el timón y vivir en el delirio.

 

Ahora bien, lo anteriormente dicho clarifica la lectura de Los detectives salvajes, pues en ella están representados los hijos bastardos de la comunidad poética del México de los años sesenta, los temidos, los dadá que nunca pudieron entrar al canon. Para 2666 esta tensión cobra otro sentido: el narrador ha madurado y su protagonista es un autor fantasma que está a punto de recibir el Nobel. El referente poético, pues, no está en Lautréamont o Rimbaud, sino en Baudelaire, a quien Bolaño califica de pater familias: “Baudelaire […] nos muestra sus herramientas y abre un camino, pero nos dice cómo abrirlo, cómo mostrarlo y todo esto a partir de él. Además, ese camino queda no sólo abierto, sino pavimentado”.

 

En la “Nota a la primera edición” de 2666, Ignacio Echevarría ofrece una última observación:

 

Entre las anotaciones de Bolaño relativas a 2666 se lee, en un apunte aislado: “El narrador de 2666 es Arturo Belano”. Y en otro lugar añade, con la indicación: Para el final de 2666: Y esto es todo, amigos. Todo lo he hecho, todo lo he vivido. Si tuviera fuerzas, me pondría a llorar. Se despide de ustedes, Arturo Belano”.

 

El infrarrealista ha madurado. El alter ego de Bolaño creció con él, ocupándose ya no de Cesárea Tinajero, como ocurrió en Los detectives salvajes, o de “los poetas franceses”, como lo vimos en “Fotos” de Putas asesinas, sino del novelista Benno von Archimboldi, seudónimo que oculta a Hans Reiter.

 

Hans Reiter —después Archimboldi— es el último personaje escritor que nos presentará Bolaño y, quizá consciente de ello, lo traza cabalmente, con un pasado de constante soledad y abandono que incluye la guerra que comienza en 1939 cuando es convocado por el ejército del Tercer Reich, en el regimiento de infantería hipomóvil. El llamado a las letras de Reiter comienza con un librillo que llega a sus manos: Algunos animales y plantas del litoral europeo, y culmina con el hallazgo de los manuscritos de un joven llamado Boris Ansky.

 

Curiosamente el final del libro representa una plática con un viejo —aunque no tanto como Archimboldi, se aclara— en un café de Hamburgo. Benno está a punto de terminar un helado que lleva por nombre fürst Pückler. El caballero le pregunta si le ha gustado y Archimboldi contesta afirmativamente. En seguida, el señor se acerca para presentarse como Alexander fürst Pückler, pariente del creador de ese helado. Al describir a su antecesor dice que fue:

 

hombre ilustrado, cuyas principales aficiones eran la botánica y la jardinería […] Él pensaba que pasaría a la historia por alguno de los muchos opúsculos que escribió y publicó, crónicas de viaje mayormente, pero no necesariamente crónicas de viaje al uso, sino libritos que aún hoy resultan encantadores, libritos en donde pareciera que el fin último de cada uno de sus viajes fuera examinar un determinado jardín, en ocasiones jardines olvidados, dejados de la mano de Dios […] Sus libritos, pese a su revestimiento botánico, están llenos de observaciones ingeniosas […] Por supuesto, mi antepasado no era ajeno a las tempestades, del mismo modo que no era ajeno a las vicisitudes de la condición humana. Y por lo tanto, escribía y publicaba a su manera, humilde pero con buena prosa […] Le interesaba la dignidad y le interesaban las plantas. Sobre la felicidad no dijo una palabra, supongo que porque la consideraba algo estrictamente privado y acaso, pantanoso o movedizo. Tenía un gran sentido del humor, aunque algunas de sus páginas podrían contradecirme con facilidad. Y probablemente […] pensó en la posteridad. En el busto, en la estatua ecuestre, en los infolios guardados para siempre en una biblioteca. Lo que no pensó jamás fue que pasaría a la historia por darle el nombre a una combinación de helados de tres sabores. Eso se lo puedo asegurar. Y bien, ¿qué le parece?

—No sé qué pensar —dijo Archimboldi.

—Ya nadie recuerda al fürst Pückler botánico, nadie recuerda al jardinero ejemplar, nadie ha leído al escritor. Pero todos, en algún momento de su vida, han saboreado un fürst Pückler.

[…]

—Vaya legado más misterioso, ¿no cree usted?

—Sí, sí, en efecto, así lo creo —dijo Archimboldi mientras se levantaba y se despedía del descendiente de fürst Pückler. [El énfasis es mío.]

 

¿No suena esto a una última nota de Bolaño hablando de sí mismo? ¿No luce sensato cambiar botánica y jardinería (tema de los libros de fürst Pückler) por la amada poesía de Bolaño? ¿No será el chileno recordado más  por la narrativa que por sus poemas del mismo modo que todo el mundo recuerda a fürst Pückler por ser el nombre de un helado? Pareciera que el destino de fürst Pückler y el de Bolaño corren paralelos y que Belano —en caso de ser el narrador— supo verlo también como propio.

 

El primer libro de Archimboldi habla de las plantas, el último del que tenemos noticias en 2666 también, pero aparecen otros con tema relacionado en medio: Pelletier (personaje en “La parte de los críticos”), según el narrador, ignoraba que el primer libro que leyó de Archimboldi, D’Arsonval, era parte de una trilogía que incluye el título El jardín; más adelante, la editorial en la que finalmente Archimboldi parece tener suerte “publicaba alguna novela o algún libro de poesía o algún libro de historia, pero el grueso de [su] catálogo estaba compuesto por manuales prácticos de uso cotidiano [que] instruían a mantener adecuadamente un jardín”.

 

Existen varios elementos que refuerzan esta analogía jardín/botánica-poesía y tres personajes: Amalfitano (profesor chileno de literatura en Santa Teresa), Albert Kessler (basado en el investigador estadounidense Robert Ressler, que trabaja en la investigación de los asesinatos en la misma ciudad) y el mismo Benno von Archimboldi, se dedican en cierta parte de la novela, por pasatiempo, a la jardinería.

 

“Nunca he dejado de escribir poesía. Lo que pasa es que cada día escribo menos por razones obvísimas: el dinero lo gano con la prosa”, ­dice Bolaño. Lo cierto es que su carrera como prosista terminó por lastrar la evolución del poeta. Su idea de publicar un libro de narrativa al año —que cumplió desde 1996 hasta su muerte, en 2003— terminó por dar frutos crematísticos. El corpus lírico de Bolaño acaba en 1993 aunque sus publicaciones fueran posteriores. Luis Bagué Quílez dice: “Para Bolaño, la poesía es una Ítaca particular a la que regresa cuando necesita recluirse tras las trincheras del egotismo o articular una resistencia silenciosa”. El referente poético cambia, quizá también madura. Deja de ser tensión y se vuelve un refugio. Curiosa analogía la de la floricultura con la vocación poética y digno descanso, el de un jardín, para la pasión literaria más grande del chileno.

2666

Roberto Bolaño

 

Gil del Valle

Editor, az.


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