Cultura
22 abril, 2019

Caída libre: Fallas de origen de Daniel Krauze

“Más hipster que Coachella”

El uso de la biografía para la iluminación de una obra es una práctica cada vez más censurada por la academia. Del libro debe interesarnos su contenido, y nada más que lo que está registrado en sus páginas. Es difícil hacer esta tajante separación en Fallas de origen (Joaquín Mortiz, 2012), ganadora del Premio Letras Nuevas de Novela, que organizan Joaquín Mortiz y Samborns. ¿Por qué? Por nuestro morbo. La escribe Daniel Krauze, el menor de los hijos de uno de los hombres más influyentes en la cultura mexicana, la novela habla sobre el bajo mundo de los fresas chilangos, el protagonista es un escritor, que publicó una novela que suena mucho a lo que resultó ser Cuervos (Planeta, 2008), una colección concatenada de cuentos, escrita por el propio Daniel… Hay razones para pensar que Matías es un trasunto de Krauze, sin embargo, la mayor de ellas es provocada por algo que no está escrito dentro de la trama, sólo en la portada: el apellido del escritor.

Hay más que un apellido y mucho más que un retrato de la burguesía capitalina. Daniel Krauze incursiona en la novela con una historia de autodestrucción, un retrato vívido de la clase alta mexicana al cual el escritor escala poco a poco, construyendo un enorme edificio hecho de restaurantes, mensajes de texto (con faltas de ortografía incluidas), malinchismo, hipsters, cocaína, ácidos, tachas, MDMA, soberbia, y cuando ha llegado a su punto más alto, el personaje se despeña sin paracaídas.

Este momento deja lugar a lo más valioso de la novela. La relación con el padre. El relato comienza con Matías contando por qué tiene que volver a México después de seis años de exilio: su padre está muriendo. La noticia es el catalizador de la acción:

—Le dio un derrame cerebral —me dijo, como si se tratara de un desmayo. Mi pecho pareció oírlo antes que mis oídos: se contrajo, sofocado por una presión externa e invisible, revolcándome el corazón.

A partir de ahí entramos a la catarsis de Matías a través de la literatura, caminando con él en este relato que leemos mientras él lo piensa, sin filtros. Sus empresas literarias (una novela publicada y una que escribe en México y es rechazada) tratan de reformular su vida.

Ni Matías ni Daniel están conformes con Cuervos y eso se nota enseguida en la novela. El padre recién fallecido la resume como un conjunto de “historias desagradables, sobre sujetos desagradables contada de forma desagradable”, los amigos de Matías creen que es un “remedo dizque sórdido de novelita gringa; un panfletucho en el que no vale la pena gastar el tiempo cuando hay playlists que armar, galerías que visitar, fiestas que planear y DJ que escuchar”.

La voluntad de escribir algo más que eso se nota en el narrador y en el autor de la novela. En Fallas de origen asistimos a una representación de la derrota humana, de un ser humano que sabotea su vida sin esperar encontrar algo al final, quizá sabiendo que no va a encontrarlo.

When there is nothing left to burn,
you have to set yourself on fire.
Stars.

Éste es el epígrafe del libro, la frase pertenece al grupo canadiense Stars y sirve de prólogo a la canción “Your Ex-Lover Is Dead” del álbum Set yourself on fire. La dice el padre del cantante, el actor Douglas Campbell y en el video de la canción podemos verlo en medio de un cuarto en llamas, antes de que las escenas se llenen de referencias a Eternal sunshine of the spotless mind, de Michel Gondry. Esta es la llave de sol con la que se inicia Fallas de origen, de Daniel Krauze. Y ciertamente el libro abusa de ese ambiente, cansa escuchar a Matías quejarse de México, de sus amigos, de su familia, de su trabajo, de su mejor amigo/peor enemigo, Adrián y de su novia Mica: “Más hipster que Coachella”.

“Todos traicionamos la promesa de nuestro mejor destino”

Esta frase la dice el padre de Matías al pie del Popocatépetl, el protagonista era un niño cuando escuchó esto. Uno de los recuerdos más extraños de su padre (una frase poderosa e incomprensible para un niño) es el inicio de la novela. Matías junta retazos de la memoria de su padre en los momentos en los que no está drogándose, peleándose con alguien o planeando su siguiente movimiento para destruirse.

Los recuerdos del padre y las reflexiones que en él despiertan, resultan escarceos, descansos en la novela que pretenden preparar la escena final, la anagnórisis. Sin embargo, se pierden dentro del torbellino de Matías. Pasan demasiadas páginas de autodestrucción entre las líneas dedicadas al padre, un personaje bien construido (según el autor, es un Frankenstein con las mejores cualidades de sus figuras paternas) pero un tanto desperdiciado.

“Vivimos de la espuma de los días. Nos preocupa todo lo que está en la superficie y nunca nos metemos a nadar ni a ver qué hay en el fondo”. Recuerda Matías estas palabras de su padre a la mitad de la novela y toma al pie de la letra este “consejo” paterno. Decide investigar qué es eso que hay en el fondo. Sin quererlo, Matías acomete la empresa que nunca realizó su padre, un hombre casi demasiado bueno, manso, paciente y un tanto conformista.

Matías es güero y su padre, moreno. El señor aceptó a su madre con el hijo de otro hombre que llegó llamándose Matías —ni en la elección de su nombre participó el que llama padre— y luego le dieron una hermana, también morena. Extraño en su familia, en Nueva York y también en México. El protagonista llega al límite poco después de que lo conocemos. A pesar que lleva varios meses sin respirar, el padre tendrá un fin de semana, tres días más de muerte, a través de Matías:

Ausente en todos lados. Y lo que queda de ti se irá en tres pasos, uno cada día. Hoy, mi libro. Mañana, el perro que me compraste cuando cumplí doce años. Y el sábado Tania, la única de los dos que es tuya, se casará con ese novio al que detestabas: junior de quinta, yerno adornado de tu esposa, un hombre que no conoce a ninguno de tus putos poetas, que vive para el golf, la apuesta y el despilfarro. Este fin de semana es tu segundo entierro, mano. Ni modo. Así es la muerte.

“¿O sea que siempre sé por qué la cago, pero no tengo los güevos para dejar de cagarla?”

Tal es la tesis de esta novela, así, con estas palabras suena un tanto simple, sin embargo Daniel Krauze salva su novela hacia el final. Ha dicho en varias entrevistas que lo más fácil de escribir es lo desagradable, en este caso la caída de Matías, las drogas, borracheras y demás que contiene su descenso. Él optó, dijo, por tomar otro camino en esta novela: “conmover al lector”. Misión cumplida.

Fallas de origen
Daniel Krauze
Joaquín Mortiz
2012
251 pp.

Gil del Valle
Editor, az.


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