1 octubre, 2013

Ciencia ciudadana: Los itinerarios amateur, activista, hacker

Captura de pantalla 2013-10-01 a las 15.34.50Hace un par de décadas los estudiosos de la ciencia dedicamos gran parte de nuestro esfuerzo a explicar que las relaciones entre ciencia y sociedad eran intensas, cotidianas y bidireccionales. Todavía se gastaba mucho tiempo en distinguir entre argumentos internalistas y externalistas, siendo los segundos propios de intelectuales que —según los primeros— exageraban la importancia del contexto y cuestionaban la vigencia de esa línea imaginaria que separaba la academia de su entorno. Los más beatos de la ciencia necesitaban creer que esta frontera era estricta y que estaba severamente vigilada y defendida. Los más críticos, sin embargo, nunca dejaron de argumentar que era imposible entender lo que ocurría en un laboratorio sin profundizar en las muchas mediaciones necesarias para que hubiera libros en los anaqueles, reactivos en las probetas, instrumentos en la sala, becarios en las bancadas, conceptos en los papers y datos en el servidor.

Popper perdía la paciencia con tanta historia sobre la prioridad de los descubrimientos, el fraude en los resultados, los secretos en los contratos, las corruptelas en las atribuciones o los fallos en los arbitrajes. Tanto le irritaba esto, que llegó a calificar a los sociólogos de personas que buscaban en el estercolero de la historia los argumentos con los que construir su responso por la ciencia. Fue un desencuentro muy sonado e innecesario.

El retorno de los amateurs

Sabemos que para entender la empresa del conocimiento —el científico incluido— no basta con problematizar las nociones de política científica, descubrimiento individual o publicación de resultados. No basta con meter en la probeta los valores y los conflictos, además de los reactivos y los conceptos. No basta con hacer mejor sociología de la ciencia. Los historiadores han construido un relato en el que los personajes que cuentan desempeñan una actividad mental, un práctica entre profesionales y un trabajo formal. Pero cada día entendemos mejor cómo dicho cuadro se hace más para satisfacer los prejuicios de quienes lo pintaron que para reforzar los hechos documentados.

Hoy sabemos que el enorme esfuerzo dedicado a construir esta dualidad que escinde el ámbito del saber entre profesionales y amateurs se acerca a su fecha de caducidad. Dividir el mundo entre los que saben y los que no saben es una simplificación insostenible. Nadie acepta ya una política de comunicación de la ciencia —del conocimiento, en general— basada en el modelo del déficit. Incluir a los amateurs en la escena del conocimiento, como también a las mujeres o a los criollos, no sólo es una cuestión de rigor historiográfico, sino un deber de justicia social. Hoy decimos que la inclusión de sus respectivas miradas sobre el entorno social o natural impuso verdaderos procesos de modernización epistémica. Hay mucha literatura especializada desde la cual argumentar que una parte significativa de la ciencia moderna sólo fue posible por su habilidad para atraer nuevos públicos que actuaron como cómplices antes que como espectadores.

Captura de pantalla 2013-10-01 a las 15.35.05Cada mirada nueva que se incorpora supone un ensanchamiento del espacio público y una oportunidad para hacerlo más inclusivo y hospitalario. Esto significa que la ciencia moderna es incomprensible si no la miramos como un proyecto público, urbano y popular antes que como una empresa exclusiva, palaciega y elitista.

Para hablar de la ciencia es imprescindible hablar de sus públicos y, desde luego, de sus amantes. Los amateurs de la ciencia forman parte del largo séquito de los perdedores de la modernidad. Tanto que, de estar por todas partes en los siglos xvii y xviii, pasaron a ser tratados como diletantes, intrusos y hasta criminales. Hoy, sin embargo, estamos asistiendo a un renacimiento de las culturas amateurs. No es sólo que reconozcamos la naturaleza informal de la mayor parte de los que sabemos, sino que los necesitamos para remontar las crisis de la representación, la que encarnan los políticos (los electos) y la que personifican los expertos (los selectos). Abundan textos que glosan las excelencias del crowdsourcing y que nos animan a pensar que sin incorporar la inteligencia de las masas (el saber profano) nuestro mundo no encontrará soluciones sostenibles para los problemas que enfrenta.

La vecindad con el activismo científico

Nada explica mejor el éxito de la ciencia que su ubicuidad. Hoy se habla de pesticidas en los mercados, de cambio climático en las playas, de dopaje en los cafés, de alergias en la peluquería y de espionaje electrónico en los aeropuertos. Nuestra vida ordinaria está atravesada por un sinfín de sustancias, radiaciones, códigos y dispositivos que cada vez nos cuesta más ignorar. No sólo nos modulan, sino que a veces nos determinan. Todos conocemos a individuos con alergias severas, con padecimientos crónicos y con movilidades disminuidas. Ser normal es cada vez más raro. Los objetos de laboratorio son asuntos de la incumbencia de los científicos hasta que desbordan sus paredes y andan sueltos por las plazas, los juzgados, los platós y los parlamentos. No son pocos, ni banales.

Que si la lluvia ácida o las vacas locas, que si los disruptores endocrinos o el anisakis, que si el maíz terminator, el agua fluorada, la gripe aviar, la salud de las abejas, el humo de tabaco, los tornados de Oklahoma y las tormentas solares. Todo lo esperamos de la ciencia, pero no siempre nos llega como maná: a veces toma la forma de una pesadilla. Lo saben los herederos de Sócrates, Frankenstein y Oppenheimer.

La ciencia anda en boca de todos. No hay contradicción en que la tengamos como panacea para todos los males y que, simultáneamente, la percibamos como una amenaza. Algunos científicos trabajan para grandes corporaciones y privilegian los intereses particulares a los generales.

Captura de pantalla 2013-10-01 a las 15.35.15No puede sorprendernos que regrese con fuerza el activismo científico. Falsas o falseadas, hay muchas amenazas que mueven a los ciudadanos a convertirse en activistas. Numerosos científicos se quejan también de que sus criterios contrastados nunca llegan a las leyes y de que siempre son troquelados en los momentos decisivos: ahora tienen la oportunidad de abrir un blog o de encontrar en las redes sociales a otros colegas que quieran militar por su causa. Tenemos ejemplos de activismo para todos los gustos. Baste un botón de muestra: sabemos que se manipularon los datos sobre los efectos del humo de tabaco para proteger a las grandes tabaqueras, como también que fueron adulterados por alguna ong para provocar un vuelco de la población a favor de la causa antitabaquista. Algunos escándalos en los debates sobre el cambio climático, el llamado ClimateGate y el no menos bochornoso FakeGate también pertenecen a este capítulo lamentable de las controversias tecnopolíticas o cientocráticas. El activismo no es contrario a la objetividad, pero muchas formas de militancia han sido más leales a los fines que a los medios. La consecuencia es que los científicos que han tomado esta deriva, además de arruinar su reputación, han empantanado también a la propia ciencia, una empresa demasiado vulnerable frente los acosos de los grandes lobbies, empresariales, políticos o religiosos.

Hay muchos ejemplos que dignifican el papel de los activistas. Con independencia de la radicalidad de sus manifestaciones públicas, todos marcharían bajo la bandera del “Nada sobre nosotros, sin nosotros”. Y ese “nosotros” incluye cualquier forma de discapacidad, desde los pacientes crónicos a todos los que viven sus desplazamientos como una carrera de obstáculos. Los ejemplos que más me gustan se nombran rápido: la movilización de los enfermos del sida, el empoderamiento de los electrosensibles, las luchas contra el cáncer de mama, las acciones globales en defensa de las ballenas y la rebelión de los enfermos mentales. Aunque muy distintos entre sí, todos tienen en común que logran disputarle a los expertos el monopolio sobre el discurso científico.

Captura de pantalla 2013-10-01 a las 15.35.23La llegada de los hackers

Quienes lucharon por la democratización del expertise (peritaje, evaluación) nunca imaginaron que llegaría nada comparable al movimiento hacker. Originariamente eran unos cuantos programadores que se negaron a permitir que una empresa pudiera patentar el código, algo que para ellos era tan absurdo como privatizar las leyes de Newton, los teoremas matemáticos o el genoma humano. No se pueden reclamar derechos sobre los descubrimientos, incluidos los anónimos, como es el caso de la lengua, el folklore o las semillas. Todos son bienes heredados que debemos legar intactos a nuestros hijos. Inicialmente la resistencia era para defender el conocimiento de su apropiación corporativa. Pero no tardaron en mostrarse ecos en muchos ámbitos del saber. Wikipedia, sin duda, es un hermoso ejemplo de cómo preservar el conocimiento para todos y, lo mejor, entre todos.

La cultura hacker pronto resonó con la cultura punk. Ambas daban forma a los anhelos anticonsumistas, antimonopolistas y antielitistas. Ambas representaban una apuesta por la cultura del “Do it yourself” (DIY), las formas cooperativas, las prácticas de garaje y la innovación maker. Hace ya cinco décadas que su presencia no deja de contagiar el mundo de los negocios, la política y la ciencia. Las nociones de software libre, open access y creative commons son tan conocidas como el navegador Firefox y el milagro de Wikipedia. Y es que las culturas hacker adoptan muchas formas, desde las que se concentran en la tarea de hacer accesible el conocimiento hasta las que luchan por liberarlo y, entre medias, todas las actitudes que se resisten a creer que las cosas son lo que son y nada más. Ningún hacker termina su perorata afirmando eso de “Es lo que hay”, tan común en nuestros días. Son hackers quienes desmontan un coche para tunearlo o quienes hacen una remezcla de sonidos en busca de otras armonías y diferentes maneras de compartirlas; también pertenecen a esta plural tribu quienes comparten el coche para ir al trabajo, luchan a favor de la agricultura de proximidad, niegan el derecho a la propiedad intelectual sobre test genéticos diferenciales y no le hacen ascos a la cultura del remiendo, el reúso, la reparación y el reciclado. En sus formas más blandas los hackers disfrutan haciendo las cosas con sus propias manos, mientras que su rostro más duro se manifiesta cuando hacen públicos documentos que prueban que necesitamos otras formas de gobernanza menos cínicas y mayor trasparencia en la vida pública y empresarial. También puede haber mucha cultura hacker en proyectos que convierten los juegos en una herramienta para apoyar a personas con necesidades especiales o que desarrollen todo el prometedor capítulo del play for science.

Los hackers disfrutan maliciosamente cuando argumentan que la ciencia moderna siempre fue hacker: libre, abierta, pública, accesible, autogestionaria, desinteresada, horizontal y cosmopolita. No es necesario estar de acuerdo al cien por cien con estos calificativos para reconocer que hay algo de paradigmático, virtuoso y urgente en la cultura hacker. Su presencia en los grandes debates de nuestro mundo estaría más que justificada por recordarnos que las cosas podrían ser de otro modo. La cultura hacker no es un asunto de artilugios, asaltos y penumbras, sino una deriva que reclama lo humano, lo colaborativo y lo abierto.

Captura de pantalla 2013-10-01 a las 15.35.37Materiales de apoyo

Básicos

Antonio Lafuente et al., ¡Todos sabios! Ciencia ciudadana y conocimiento expandido, Madrid, Cátedra, 2013.

James Wilsdon et al., The Public Value of Science, Or how to ensure that science really matters, Londres, DEMOS, 2005.

Amateur

D. Couvet et al., “Enhancing citizen contributions to biodiversity science and public policy”, Interdisciplinary Science Reviews, 33(1), 2008, pp. 95-103.

Frédéric Graber, “Figures historiques de l’expertise”, Tracés. Revue de Sciences humaines, 16 (2009), consultado el 20 mayo 2011.

http://www.staceyk.org/hci/Kuznetsovdiy.pdf.

Dalal Kheder et al., “How Activism Drives Citizen Science”, TheTyee, 26 abril 2013.

Stacey Kuznetsov y Eric Paulos, “Rise of the Expert Amateur: diy Projects, Communities, and Cultures”, Proceedings: NordiCHI 2010, octubre 16–20, 2010.

Activista

E. Fee y N. Krieger, “Understanding aids: historical interpretations and the limits of biomedical individualism”, Am j Public Health, 83(10), 1993, pp. 1477–1486.

Donna Haraway, “Situated Knowledges: The Science Question in Feminism and the Privilege of Partial Perspective”, Feminist Studies, vol. 14, no. 3 (otoño, 1988), pp. 575-599.

Sandra Harding, “Comment on Walby’s ‘Against Epistemological Chasms: The Science Question in Feminism Revisited’: Can Democratic Values and Interests Ever Play a Rationally Justifiable Role in the Evaluation of Scientific Work?”, Signs, vol. 26, no. 2, pp. 511-525.

Sabrina McCormick, Mobilizing science: movements, participation, and the remaking of Knowledge, Filadelfia, Temle University, 2009.

Hacker

Maité Garrido Courel, “Las ferias maker llegan a España”, en Diario Turing, mayo 2013.

Pekka Himanen, “La ética hacker y el espíritu de la era de la información”, pról. de Linus Torvalds, epílogo de Manuel Castells, 2002.

María Peirano, “Las cinco películas más veneradas por los hackers”, en Diario Turing, julio, 2013.

Eric S. Raymond, “Breve historia de la cultura hacker”, trad. de Abel R. Micó.

Fred Turner, “Burning Man at Google: A Cultural Infrastructure for New Media Production”. New Media & Society, vol. 11, no.1-2 (abril, 2009), pp. 145-66.

José Luis de Vicente, “Cinco ideas desde las que pensar la tecnología hoy”, en Diario Turing, febrero 2013.


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