Educación AZ
1 abril, 2019

Defendemos la educación, sostenemos el mundo

“Lucha por las cosas que te importan, pero hazlo de manera que otros se unan a ti”. Debemos esta frase a Ruth Bader Ginsburg, jueza del Tribunal Supremo de Estados Unidos (fue la segunda mujer en lograrlo), defensora de los derechos humanos e icono feminista. RBG, como se la conoce popularmente, me recuerda en muchos aspectos a Greta Thunberg, la impulsora del movimiento contra el cambio climático que está abarrotando de jóvenes las calles de Europa. Tras una apariencia de engañosa fragilidad, ambas atesoran una voluntad inquebrantable que ha conseguido aunar a millones de personas en torno a las mayores luchas de los siglos XX y XXI.

En el caso de Greta, su determinación ha logrado sacar los colores a los líderes políticos mundiales por su vergonzosa inacción ante la actual crisis climática. Porque, pese a que aún haya quien se empeñe en negarlo, el cambio climático es una realidad incuestionable que tiene un impacto decisivo en nuestras vidas: según datos de la OMS, cada año mueren de forma prematura más de cuatro millones de personas en todo el mundo a causa de la contaminación ambiental del aire. En España, la temperatura media de las ciudades se ha incrementado el doble que la media mundial en los últimos cincuenta años. Sin embargo, quienes más sufren las consecuencias de esta espiral de autodestrucción en la que estamos inmersos son los países y personas más empobrecidos, que suelen vivir en zonas más vulnerables y cuya subsistencia depende de manera más directa del acceso a los recursos naturales. No podemos olvidar que sostenibilidad medioambiental y sostenibilidad social son dos caras de la misma moneda. De hecho se estima que, en función de cómo se adapten los ecosistemas y la economía, el cambio climático podría llevar a 122 millones de personas a la pobreza en 2030.

Podemos empeñarnos en emular al famoso violinista del Titanic, pero lo cierto es que ya estamos con el agua al cuello. Si queremos evitar el hundimiento, tenemos que actuar sin demora. En ese camino, la educación es clave. En primer lugar, porque permite que las personas sean capaces de entender los problemas medioambientales, sepan cómo darles respuesta y puedan reducir su vulnerabilidad frente a sus efectos. Por ejemplo, la educación aumenta en un 20 % las probabilidades de que un agricultor o agricultora se adapte a los efectos del cambio climático, a través de técnicas como la conservación del suelo, fechas de plantación variadas y diversidad de cultivos. Por otro lado, la educación es un impulso fundamental para un cambio (individual y colectivo) de valores y comportamientos que, a día de hoy, es imprescindible para nuestra supervivencia. Para que seamos conscientes, por ejemplo, de que cada año se tiran 1.300 millones de toneladas de alimentos (en muchos casos por su “falta de valor estético”) y de que este desperdicio genera un 8% del total anual de las emisiones de gases de efecto invernadero. Sólo así podremos empezar a hacer frente al que sin duda es uno de los mayores retos de este siglo: desvincular el crecimiento económico y el desarrollo del consumo insaciable (e insostenible) de recursos naturales. Empecemos por ahí.

Consulta la nota completa en: El País


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