12 noviembre, 2010

El caso Némirovski

Por Miguel Barberena.-

Al momento de morir en Auschwitz (1942), la francesa Irène Némirovski, entonces de 39 años, era una escritora en plenitud, autora de varias novelas, una de las cuales, David Golder (1929), su segunda, había sido adaptada al cine. Figuraba en el medio literario del París de la época, hasta que se vino la ocupación alemana de Francia y las leyes antisemitas. Irène, judía ucraniana de nacimiento y enemiga de clase de los bolcheviques, salió de Kiev a los 15 años, vía San Petersburgo, para no volver.

Su padre, León Némirovski, mag- nate de la banca y uno de los más ricos del imperio pudo salvar una parte de la fortuna, suficiente para instalar a su familia a todo tren en París. Los Némirovsky, llegados en 1918, se asimilaron perfectamente a la buena burguesía francesa, al punto que Irina —pronto Irène— se convirtió al catolicismo, junto al marido, Michel Epstein, con quien se casó en 1926. Pero ni eso pudo salvarlos de la suerte de los judíos franceses bajo el gobierno colaboracionista de Vichy. Irène fue hecha presa en la famosa redada del “velódromo de invierno”, en junio de 1942 —que ahora han comparado a las redadas de gitanos bajo el gobierno de Sarkozy— y despachada al campo de Auschwitz, donde semanas después murió gaseada.

Meses más tarde, su esposo haría el mismo trayecto. Les sobrevivieron sus dos hijas, Denise y Elisabeth, que esperaron hasta 2004 para publicar en Francia un manuscrito que la madre había dejado en el fondo de un baúl. Lo que sigue es conocido: Suite francesa, título del libro, fue un aconteci- miento: con traducciones a todos los idiomas (la española de editorial Salamandra va en su 17a edición), millones vendidos y la autora convertida en un “clásico instantáneo”. El mundo de la literatura descubría una gran obra inédita —no como El original de Laura, por parte de los herederos de Nabokov— y a una escritora llegada de otro tiempo, cuando sólo se trataba de escribir bien una historia.

La historia aquí es la de la ocupación alemana de Francia, que Irène vivió, literalmente, en carne propia. Hoy, su libro cae- ría bajo el género que en Francia se conoce como autoficción. El primer capítulo, “Tempestad en junio”, narra el éxodo de los habitantes de París ante el avance relámpago de los ejércitos de Hitler, en el junio de 1942. El segundo y último capítulo, “Dolce”, podría subtitularse “escenas de la vida cotidiana en la provincia francesa bajo la ocupación alemána”. En la primera parte sigue la huella de Tolstoi en La guerra y la paz; en la segunda, el referente es Flaubert y su Madame Bovary: la precisión de la escritura, el bovarismo de las viudas de guerra del pueblito de Bussy ante los galantes y educados soldados alemanes…

Némirovsky había planeado un gran fresco novelístico en cinco capítulos —cuenta Myriam Anissimov, biógrafa de Pri- mo Levi, en su prefacio para Suite francesa—, pero la suerte le deparó completar solamente estos dos. El caso Kurílov fue para Iréne su manera de exorcisar la revolución bolchevique que tanto afectó su devenir. En el centro de la trama, dos hom- bres: Valerian Alexándrovich Kurílov, ministro de Educación Pública del zar Alejandro III, y León M., revolucionario y comunista, encargado en 1903 de ejecutar a Kurílov, un atentado terrorista que los líderes del Partido esperan convertir en un golpe definitivo a la monarquía.

El narrador, León, ruso naturalizado suizo, comunista de nacimiento, se infiltra al círculo más intimo de Kurílov bajo la falsa identidad de “Marcel Legrand”, un “doctor francófono” que hace también de ayuda de cámara. Sólo espera las órdenes para seguir adelante con el atentado, que “debía ejecutarse de forma aparatosa, a la vista del pueblo y a ser posible de los embajadores extranjeros, en un lugar público, durante una ceremonia o una fiesta”.

Mientras llega el momento, se dedica a observar desde primera fila la vida de su excelencia Kurílov, uno de los hombres más poderosos y crueles del imperio, pero ya viejo, enfermo y políticamente desgastado: las manifestaciones estudiantiles, con su estela de muertos, han hecho lo suyo. El cáncer en el hígado, lo mismo. Su segundo matrimonio con una joven coquette francesa lo desprestigia ante la corte.

León descubre a un hombre “tan limitado y miserable como cualquier otro, incluido yo”. Un hombre “devorado por la ambición y la envidia”, envenenado por el poder. ¿Valdrá la pena matar, y con tanta pompa y circunstancia, a un tipo así? León, El Bolchevique, se lo pregunta…

Con el tiempo, se establece una relación de “comprensión, curiosidad, extraña fraternidad, compasión y desprecio” entre los dos hombres. Pero nada que aleje a León del objetivo revolucionario; tenía la convicción de que la revolución social “es justa y necesaria.” Y sabe también que “en determinados casos se debe matar a sangre fría”.

Pero, ¿valdrá la pena “mandar al infierno a veinte inocentes por un Kurílov”? León también se lo pregunta. Por eso, a la hora de lanzar la bomba, le tiembla el pulso…

Son los mismos dilemas morales que quince años después pensará Albert Camus en Los justos (1949), su pieza teatral sobre un grupo de terroristas del Partido socialista revolucionario que en 1905, en Moscú, prepara un atentado contra el Gran Duque Sergio, tío del zar. Kaliayev, el terrorista bolchevique de la obra, descubre al momento de lanzar la bomba que “matar niños es contrario al honor”… y entonces duda.

Cualquier parecido con El caso Kurílov tal vez no sea mera coincidencia: el existencialista Camus, diez años menor que Némirovsky, pudo conocer esta novela, publicada en 1933 por la editorial Grasset, e inspirarse en ella. En ese entonces, en Argelia, el joven Camus se fraguaba con adaptaciones al teatro de las novelas de Dostoievsky, mientras que en París Irène continuaba su prometedora carrera de escritora con esta joya en miniatura.

El caso Kurílov viene a añadirse al catálogo en español de Némirovsky, que incluye ya, además de la Suite Francesa, David Golder, El ardor de la sangre, El baile y El maestro de almas, libros que estaban inéditos o injustamente relegados al olvido.


Compartir

Articulos Relacionados