Libros
3 mayo, 2019

Mujeres, alcohol, muerte y Fadanelli

Resulta extraño a primera vista que Fadanelli ganara el Premio Grijalbo de Novela 2012 con Mis mujeres muertas. No por la calidad del escritor capitalino, sino por el tema: la muerte de su madre. A esto se le suma que en el jurado figuren Enrique Serna y Julián Herbert, ambos con novelas recientes con trama similar; las muy personales, desgarradoras y marcadamente autobiográficas Canción de tumba de Herbert (Mondadori, 2011) y Fruta verde de Serna (Planeta, 2006).

 

Parecía que el asunto se volvía penosamente popular y naturalmente efectivo entre el público. Los tres autores, dueños de grandes plumas, aprovecharon su talento para construir relatos conmovedores, expiatorios y efectivos que hicieron mella en sus seguidores y conquistaron nuevos públicos. ¿Fadanelli hablando de su madre? ¿Tiene? Al parecer sí, bien puesta y mejor representada en un relato que a las pocas páginas derrumba los prejuicios con los que comienza esta reseña.

 

Mis mujeres muertas es, al contrario de lo que parece, una prueba de madurez en Guillermo Fadanelli, un paso rotundo en el espacio novelístico mexicano, del cual se había alejado con la pretenciosa Hotel DF (Mondadori, 2010) en la que un periodista de medio pelo, que inexplicablemente se hospeda en un hotel del centro, termina convirtiéndose en un predicador de Cioran.

 

Otro acierto es que después del proyecto ensayístico de En busca de un lugar habitable (Almadía, 2006), libro impresionante que demuestra su portentosa capacidad de análisis y que seguramente permeó Hotel DF, Fadanelli se alejara lo suficiente de sus preocupaciones filosóficas y dejara hablar a sus personajes un poco más como personas de carne y hueso, como chilangos, que demostrara el gran oído que tiene para retratar el lenguaje urbano y que convivieran de forma más natural su oscura visión de mundo, con la naturalidad de su obra, su fluidez y, sobre todo, con la verosimilitud.

 

Los personajes de Guillermo Fadanelli siempre tendrán preocupaciones extravagantes, pensamientos insólitos, reflexiones desoladoras, eso está claro y no tiene por qué cambiar. Sin embargo sus protagonistas ya no tienen rotulado en la frente: Bukowski, Cioran o Camus. Dice una de las primeras descripciones de su protagonista, y respiramos aliviados:

 

Carecía de ambiciones intelectuales, pero la lectura calmaba por momentos su constante e incómoda ansiedad; leía a Kafka, a Fernando Pessoa y a Roberto Arlt […], devoraba revistas viejas, libros de geometría; aprendía nuevas palabras del diccionario de María Moliner (sabía que el papel de estrasa, en realidad se escribía papel de estraza).

 

Encontramos aún frases inverosímiles o forzadas, por ejemplo un funcionario de gobierno de extracción humilde que se la pasa mentando madres tiene un momento de genialidad y suelta en medio de una discusión de despacho: “En todas las familias hay un loco, o un holgazán que simula estar loco. Los envía Dios para hacernos la vida pesada”, uno se pregunta de quién será la cita. Seguramente es del mismo Fadanelli, pero se nota que se la robó su personaje y suena a mala actuación.

 

Novela ágil, de capítulos cortos y perfectamente estructurados, Mis mujeres muertas tiene otra cualidad que no poseían sus relatos de largo aliento, la sorpresa. Retoma lo logrado en ¿Te veré en el desayuno? (Almadía, 2009) y lo utiliza en una novela que nos presenta a un personaje alcohólico que tiene la misión de poner una lápida en la tumba de su madre (situación que Guillermo ha declarado que es completamente autobiográfica), para luego enterarnos de que este mismo hombre ha perdido a su esposa y después presentarnos un giro magnífico con una tensión sexual que raya en la pederastia.

 

El alcohol es quizá el hilo conductor del relato. “El df es imposible sin algún estimulante”, declaró el escritor para hablar de esta novela en el diario El Mundo (viernes 8 de septiembre de 2012). La realidad de Domingo Mancini, la lápida de su madre, Sara Mancini en el Shadow estacionado afuera de su edificio, el vacío de su esposa Sara K, sus insoportables hermanos, el hastío de continuar, todo eso se hace más llevadero con un ron, un tequila, un mezcal, unas cervezas, un ginebra… hay variedades para todos los tomadores y Domingo en algún momento estará tomando lo que a ti más te gusta, sin importarle si está bueno o no.

 

Desde la simpática anécdota del precio por letra en la lápida de su madre (“¡Veinte pesos por letra!”), pasando por la noche en que deja la cajuela de su coche abierta y despierta a medio día pensando que se la han robado, los humores etílicos van guiando el rumbo de las acciones, no Domingo y menos quienes lo rodean:

 

Qué dicha tan grande para un hombre que las observaciones sobre su persona no lo perturben en nada. Sobre todo si está tan borracho como un odre o ha decidido que su existencia es la pésima broma de un dios que no conoce la bebida; un dios sobrio, vaya calamidad.

 

 

La otra veta del relato es la juventud femenina como fuente de vida, catalizador de energía en el más desgastado humano. La figura de 12 o 13 años de Isolda (luego el personaje le irá subiendo la edad conforme va perdiendo el control), su vecina, estremece la monótona, taciturna y, sin duda, tranquila realidad de Domingo:

 

Existe un camino que une la temprana ondulación de los senos, los pezones duros y la sonrisa de sabiduría maliciosa que les viene a las mujeres de algún lugar sin nombre ni dirección: un lugar. Niñas que dan la impresión de venir a pie desde la nada sólo para traer vida y perturbar y mirar con curiosidad lo que conocen no gracias a experiencia, sino al hecho de haber vivido ya en el pasado, niñas que lo saben todo. La pequeña Juana de Arco, Dolores Haze, Rosetta y Perdita Durango, todas ellas se reunían en esa tipa de doce o trece años llamada Isolda.

 

Al presentar su libro, Fadanelli alude a la literatura rusa y dice que espera que esos novelistas y esos temas habiten esta obra. Tal vez su relación con la literatura rusa se malinterprete con una temática nabokoviana. En realidad se trata de un príncipe de cantinas. Un príncipe Mishkin (El idiota de Fedor Dostoievski) idiotizado con alcohol que busca sobrevivir a su reino, en este caso la colonia Escandón, y se enamora de la joven princesa Isolda. Nada que censurar a pesar de que Domingo se contenga y recrimine al principio.

Mis mujeres muertas

Guillermo Fadanelli

Grijalbo

México

2012

210 pp.

 

Gil del Valle

Editor, az.

 


Compartir

Articulos Relacionados