10 noviembre, 2010

Multiuso de la infraestructura educativa

Por Francisco Sales Heredia.
Director de Estudios Sociales del Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública, Cámara de Diputados.

La infraestructura educativa en el país es ubicua, una escuela es el edificio público más común y reconocido por los ciudadanos en cada barrio, pueblo o ciudad y es posible que sean los edificios públicos más visitados. Las personas que laboran en nuestras escuelas y en el sistema que las administran, cumplen, con mayor o menor éxito, con el objetivo de otorgar grados escolares a la población que asiste a las aulas; sin embargo, no necesariamente cumplen con un objetivo moderno de crear una sociedad basada en el conocimiento. Es evidente que la sociedad humana del futuro cercano se concentrará en el manejo de la información y en la expansión del conocimiento, y realmente el nivel y calidad de la educación de nuestra población, de sólo 9,1 años de escolaridad en promedio y con baja calidad en las pruebas de enlace (SEP) y pisa (OCDE), no es suficiente para enfrentar el reto.

Hay muchas formas de mejorar el proceso educativo para formar a los jóvenes en una constante búsqueda del conocimiento, algunas de la cuales ya se llevan a cabo. Me concentraré en la formación continua, es decir en aquéllos que no son tan jóvenes y desean seguir estudiando, por curiosidad o por actualización. Es obvia la relación entre la infraestructura existente y la necesidad de continuar formando a la población. A pesar de que la población en rezago educativo ha bajado a lo largo de los años, los mayores de 15 años sin educación básica completa se calculan en 21,7%. Según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), en el año 2008 se registraban 23 millones y medio de personas que no habían terminado la primaria o la secundaria. El rezago educativo se agrega a la brecha digital de muchos ciudadanos y a las pocas habilidades adquiridas por la mayoría de la población para discriminar la información y contribuir a la resolución de los problemas de su entorno. Es claro que las escuelas tendrían que cumplir con su primera tarea y hacerlo bien, pero el papel de éstas debe cambiar para convertirse en centros de educación y formación continua con acceso a información y como desarrolladoras de conocimiento.

En una división simple, las 252 mil escuelas de todos los niveles existentes en el país podrían albergar, cada una, a 420 personas cómodamente, es decir: la población del país entero cabría en ellas en cualquier momento. Partamos del supuesto de que es posible tener la llave de las escuelas del país para abrirlas a la comunidad de su entorno y que los ciudadanos, al ser convocados, vinieran en masa en las tardes y noches a ver qué ofrecen sus viejas escuelas (habría que señalar que los turnos vespertinos y nocturnos cada vez son menos por la transición demográfica). La pregunta es qué harían los ciudadanos en esos edificios. Bien podrían proseguir estudios truncados o continuar al siguiente nivel, como de hecho ya sucede en muchos planteles. Sobre todo podrían adquirir y mejorar conocimientos informales e intercambiar tiempo de formación.

Para lograrlo, las escuelas tendrían que convertirse en lugares atractivos y confortables, edificios listos para recibir el esfuerzo de la comunidad. Lo más probable es que sólo al abrir los planteles y hacerlos atractivos tenga el efecto de atraer voluntarios para impartir las más diversas clases; de hecho, en muchos países las escuelas se convierten en lugares de reunión vespertina con fines de educación formal e informal; se vuelven bibliotecas y, esencialmente, espacios públicos a los que se puede recurrir para convivir.

Ahora bien, la educación tiene diversos objetivos sociales. Uno es aumentar el valor de intercambio de los servicios prestados por una persona. Desde hace mucho se ha mostrado que existe una tasa de retorno positiva a la inversión educativa, es decir: a mayor educación mayor ingreso, pero no es muy claro qué tipo de educación mejoraría el ingreso de las personas, si bien las externalidades positivas de mantenerse en un proceso de educación continua son evidentes.

El Estado puede intervenir de dos maneras que no resultarían onerosas. Puede detectar las habilidades demandadas en el mercado de trabajo y alinearlas con la oferta de cursos ad hoc, rápidos y específicos, que contribuyan a mejorar la productividad. En algunos estudios, la tasa de retorno de la educación formal tiene una curva decreciente a partir del grado universitario, pero esto se da en economías maduras. Los países en desarrollo, como el nuestro, tienen una oportunidad única para incorporar nuevos conocimientos y tecnologías rápidamente. Según el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE), 50% de las escuelas primarias y casi 70% de las secundarias tienen, por lo menos, una computadora conectada a internet. El esfuerzo para ampliar esta red por parte del Estado no parece excesivo si se considera que en el país existen 86,6 millones de líneas telefónicas móviles y que este desarrollo no ha necesitado ninguna intervención del Estado.

La propuesta es simple: hacer propia la infraestructura pública y mejorarla con el uso múltiple, hacer llegar información de la demanda de habilidades, fomentar el desarrollo de éstas y propiciar la convivencia en los lugares públicos más emblemáticos de nuestro país.


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