Educación AZ
22 mayo, 2019

¿Quién se mete con nuestros hijos?

Uno de los debates más encendidos en el Perú actualmente gira en torno a la introducción del enfoque de género en el currículo escolar. Quienes están a favor argumentan que este responde a la necesidad de diseminar los principios de igualdad y equidad entre varones y mujeres y de superar formas de discriminación contra quienes no encajan dentro de los moldes convencionales de feminidad y masculinidad.

Quienes se oponen, sostienen que dichas políticas educativas se enmarcan en lo que ellos denominan ideología de género, la cual, de acuerdo con sus planteamientos, representa un ataque a los valores de la familia, el matrimonio y la femineidad, porque, al fomentar la homosexualidad masculina, el lesbianismo y las relaciones sexuales extramaritales, la misma institución de las relaciones sexuales, en que hombre y mujer desempeñan un rol bien definido, desaparecerá. Es decir, la “ideología de género” propondría la destrucción de la familia biológica[1].

La introducción del enfoque de género en el sistema educativo y en las políticas públicas no es un hecho novedoso. Se trata de cambios en la legislación que no se generaron en el Perú sino en el plano del derecho internacional y en el seno de instituciones como las Naciones Unidas. El Estado peruano, en tanto parte de esta comunidad, se ha adherido a estas modificaciones y, durante las últimas décadas, ha firmado convenios vinculantes en lo concerniente a los derechos de las mujeres y de las minorías excluidas. Tampoco es novedad la respuesta de sectores conservadores.

Estos se organizaron desde la década de 1970 como respuesta a los movimientos feministas y de las poblaciones LGBTI[2] y han tomado renovada fuerza en la última década Por otro lado, es innegable que la crítica al enfoque de género está en sintonía con valores profundamente arraigados en la cultura popular y con la que se identifican amplios sectores de la población peruana.

Así por el ejemplo, la movilización de la Marcha por la Vida, que se realiza anualmente en diferentes ciudades de América y Europa, congrega, solamente en Lima, a varios cientos de miles de personas.[3] Se trata entonces de lo que podría denominarse una guerra cultural. Esto es el enfrentamiento de opiniones contrapuestas en campos que son muy sensibles dentro de una sociedad[4].

Dada esta polarización, me pregunto si es posible encontrar puntos en común desde los cuales crear una plataforma de dialogo.

En mi opinión, a pesar de la pasión que despiertan ambas posturas sí es posible hallar consensos. Más aun, la institución escolar es particularmente propicia para este objetivo dado que, aunque no lo parezca, existen ciertos puntos en común entre las dos posiciones.

Ambos sectores, conservadores y progresistas, están de acuerdo en que las mujeres deben tener las mismas oportunidades que los varones y que la equidad es un valor que se debe inculcar en las escuelas. Coinciden también en que toda forma de violencia contra los niños es negativa y debe ser erradicada.

Por tanto la escuela debería ser un espacio donde se protege a los menores de cualquier forma de maltrato. Es sobre este segundo punto sobre el que quiero extenderme en el presente artículo porque es el que más resistencias genera ya que se relaciona con la problemática de las identidades de género y orientaciones sexuales alternativas.

Consulta la nota completa en: Revista Ideele


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