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31 mayo, 2019

Voces de Chernóbil, de Svetlana Aleksiévich y sus ecos en la serie Chernobyl

 

La obra documental de Svetlana Aleksiévich, Voces de Chernóbil (1997), nos coloca dentro de la conciencia histórica y delante de la transformación de la historia humana luego de la tragedia del primer accidente nuclear de esta magnitud.

 

La autora bielorrusa fue galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2015 por su sobresaliente trabajo que reúne en despiadados testimoniales al periodismo, la crónica y el documental.

 

La obra que ya tiene más de dos décadas vuelve a tener relevancia y será de las más vendidas en los próximos meses debido a la sobresaliente miniserie Chernobyl, producida por HBO y Sky y que ha concentrado las miradas de espectadores y críticos y generado el aplauso casi generalizado.

 

Tanto en la serie como en el libro que nos ocupan somos testigos de los estragos provocados por el estallido del reactor nuclear, un evento devastador que representó un peligro inminente a la vida en la Tierra como la conocemos. Al mismo tiempo, la negligencia del gobierno que —en aras de mantener la ilusión de la superioridad soviética y evitar cualquier mácula sobre el socialismo— minimizó las consecuencias del accidente en un primer instante y luego puso en marcha un plan que tuvo éxito gracias al sacrificio de un número aún indeterminado de vidas humanas mediante misiones suicidas estratégicas para sepultar el reactor y evitar la exposición del material radiactivo.

 

Aleksiévich se deshace rápidamente de las estadísticas:

 

Antes de Chernóbil, por cada 100 000 habitantes de Bielorrusia se producían cerca de 82 casos de enfermedades oncológicas. Hoy, las estadísticas son las siguientes: por cada 100 000 habitantes, hay 6000 enfermos. Esto quiere decir que se han multiplicado por 74.

[…]

Hoy en día aún se desconocen muchas cifras. Se mantienen en secreto: tan monstruosas son. La Unión Soviética mandó al lugar de la catástrofe 800 mil soldados de reemplazo y «liquidadores» (bomberos, obreros, científicos, especialistas de la industria nuclear, ingenieros de minas, geólogos y mineros) llamados a filas; la edad media de estos últimos era de treinta y tres años. Y a los muchachos se los llevaron directamente del pupitre al cuartel…

Sólo en las listas de los liquidadores de Bielorrusia constan 115 mil 493 personas. Según datos del Ministerio de Sanidad, desde 1990 hasta 2003 han fallecido 8553 liquidadores. Dos personas al día.

 

Imagen de la autora

Una vez que los datos nos muestran la magnitud del accidente, la autora nos presenta las palabras de Lyudmilla Ignatenko, esposa de uno de los bomberos que acudieron primero a la planta nuclear. Esta historia también aparece en la serie televisiva, siguiendo casi al pie de la letra el tremendo relato de Lyudmilla:

Acudieron allí sin los trajes de lona; se fueron para allá tal como iban, en camisa. Nadie les advirtió; era un aviso de un incendio normal.

[…]

En aquellos días me topé con mucha gente buena; no los recuerdo a todos. El mundo se redujo a un solo punto. Se achicó… A él. Solo a él… Recuerdo a una auxiliar ya mayor, que me fue preparando:

—Algunas enfermedades no se curan. Debes sentarte a su lado y acariciarle la mano.

[…]

Todo él era una llaga sanguinolenta. En el hospital, los últimos dos días… Le levantaba la mano y el hueso se le movía, le bailaba, se le había separado la carne… Le salían por la boca pedacitos de pulmón, de hígado. Se ahogaba con sus propias vísceras. Me envolvía la mano con una gasa y la introducía en su boca para sacarle todo aquello de dentro. ¡Es imposible contar esto! ¡Es imposible escribirlo! ¡Ni siquiera soportarlo!… Todo esto tan querido… Tan mío… Tan… No le cabía ninguna talla de zapatos. Lo colocaron en el ataúd descalzo.

 

De esta desgarradora experiencia comienza el otro relato, el del gobierno y las distintas autoridades que mandaron a sus hombres a una muerte segura, primero por ignorancia, luego como parte de un plan “heroico” que se confunde con una despiadada masacre: “Si alguien quería llevarse el ataúd a casa, lo convencían de que se trataba de unos héroes, decían, y ya no pertenecen a su familia. Son personalidades. Y pertenecen al Estado”.

La gente muere, es evacuada, se toman medidas sanitarias extremas, pero no hay versiones oficiales. Los ciudadanos no saben con certeza qué sucede. Lo poco que sabe y que está dispuesto a aceptar el gobierno queda encapsulado entre una mesa redonda llena de burócratas inútiles.

Para Aleksiévich, el accidente nuclear marca un nuevo inicio. Una nueva historia de la humanidad se crea a partir de esa explosión. Significó un nuevo tipo de conocimiento, una nueva concepción del mundo y también de la humanidad. El tiempo se hizo inmenso y la vida humana ínfima. Los radionúclidos diseminados por la Tierra después del accidente vivirán hasta 200 mil años. La eternidad de las consecuencias.

 

Era un suceso que más bien se parecía a un monstruo. En todos nosotros se instaló, explícito o no, el sentimiento de que habíamos alcanzado lo nunca visto.

[…]

Durante aquella única noche nos trasladamos a otro lugar de la historia. Realizamos un salto hacia una nueva realidad, y esta ha resultado hallarse por encima no sólo de nuestro saber, sino también de nuestra imaginación. Se ha roto el hilo del tiempo.

Aquellos días oí en más de una ocasión: «No encuentro las palabras para transmitir lo que he visto, lo que he experimentado», «no he leído sobre algo parecido en libro alguno, ni lo he visto en el cine», «nadie antes me ha contado nada semejante».

 

Otra arista que estudia Svetlana Aleksiévich es la vida del planeta, los animales, las plantas, la tierra, los insectos, el aire, los elementos. Todos destruidos, modificados, convertidos en podredumbre gracias a la mano del hombre. En distintos relatos, los testigos cuentan que los animales fueron los primeros en notar a ese enemigo invisible: la radiación.

Los gusanos se enterraron a más de dos metros de profundidad, las abejas y las aves desaparecieron, las vacas no tomaban agua del río, los gatos dejaron de comer ratones muertos.

 

El tiempo vivo. Con Chernóbil, el hombre ha alzado su mano contra todo, ha atentado contra toda la creación divina, donde, además del hombre, viven miles de otros seres vivos. Animales y plantas.

Después de que la población abandonara el lugar, en las aldeas entraban unidades de soldados o de cazadores que mataban a tiros a todos los animales. Y los perros acudían al reclamo de las voces humanas…, también los gatos. Y los caballos no podían entender nada. Cuando ni ellos, ni las fieras ni las aves eran culpables de nada, y morían en silencio, que es algo aún más pavoroso.

—En una ocasión vi cómo los soldados entraron en una aldea de la que se habían marchado sus habitantes y se pusieron a disparar. Gritos impotentes de los animales… Gritaban en sus diferentes lenguas.

 

La autora regresa a analizar si el heroísmo de los “liquidadores” fue un suicidio o una masacre colectiva.

 

se dirigían sin protestar allí donde «morían» los robots, se les ocultaba la verdad sobre las altas dosis recibidas y luego se alegraban al recibir los diplomas y las medallas gubernamentales que les entregaban poco antes de su muerte.

[…]

Así pues, ¿de quién estamos hablando, de héroes o de suicidas? ¿De víctimas de las ideas y la educación soviéticas? No se sabe por qué con el tiempo se olvidan de que estos hombres salvaron a su país. Han salvado a Europa.

 

Los entusiastas de la serie Chernobyl, que muy dignamente ha retratado esta catástrofe, encontrarán más historias desgarradoras y reflexiones complementarias al material visual que nos proporcionan los creadores del programa, entre los que destaca el creador y guionista Craig Mazin.

Por otro lado y más importante, Voces de Chernóbil es un libro de lectura obligada. Un documento de cómo y cuándo cambió la historia de la humanidad. Una tragedia que pudo ser apocalíptica y que terminó con la muerte de cientos de miles de personas, así como en la enfermedad y mutilación de decenas de miles.

 

—¿Qué es eso de la radiación? —Mamá, es una especie de muerte. Convenza a papá para que se vayan. Vivirán con nosotros.

[…]

«¿Dónde está esa radiación?». «Allí donde estéis, allí habrá radiación». ¿Entonces qué, es por todo el país? [Se seca las lágrimas.] La gente se ha marchado. Por miedo.

No existe ni el lugar que nosotros llamábamos patria. Ahora somos como los murciélagos.

 

Voces de Chernóbil

Svetlana Aleksiévich

Debate

1997

 

 

Gil del Valle

Editor, az.

 


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